Historia de España 3: Hispania romana


    La Hispania romana (218 a. C.- 415 d. C.)

    La Hispania Romana arranca de la pugna romano cartaginesa. Cartago fue la primera potencia que utilizó los recursos de la Península con el fin de consolidar un imperio económico. Previamente, ya había sometido y obligado a fusionarse aceptando su superioridad a los belicosos pueblos libios, fundando una oligarquía plutocrática a la manera de las repúblicas comerciales italianas de finales de la Edad Media. En la ciudad de Cartago se había establecido un ejército fuerte, partidario de defender su imperio económico por la fuerza de las armas, apoyada en la superioridad de su flota. Dominada la costa libia a mediados del siglo VI a.C., Cartago consolidó progresivamente su imperio económico con la fundación de una serie de bases comerciales y militares en toda la cuenca del Mediterráneo occidental. Venidas a menos las antiguas metrópolis fenicias, sólo pudo hacerle alguna sombra el pueblo griego de los focenses, establecido en las costas de Galia e Hispania y en algunas islas. Una coalición etrusco cartaginesa derrotó a los de Focea en la batalla de Alalia, tras la cual Cartago se estableció en Córcega y parte de Sicilia, manteniendo un forcejeo bélico continuo en la isla de Cerdeña, hecho que favoreció la creación de un poderoso grupo militar: Malco, general derrotado en Cerdeña, se impuso en Cartago con los restos de su ejército. Su sucesor, Magón, fue el primero de una serie de caudillos que dominaron la república durante muchos años.  

     

    Mientras tanto, en la Península Itálica, una ciudad del Lacio, Roma, comenzaba a imponerse con fuerza en la zona, aunque aún se hallaba lejos de representar un poder digno de enfrentarse al poderío de Cartago. El enfrentamiento entre ambas potencias se atisbaba ya en el tratado que firmaron en 508 a.C., y que incluía una claúsula referente a Hispania: en ella, Cartago prohibía a Roma y a sus aliados focenses de Marsella navegar por aguas hispanas.  

     

    Justino, tomando sus noticias de Trogo Pompeyo, informó que con ocasión de la ruina de Tiro los pueblos ibéricos atacaron a Cádiz. Los fenicios gaditanos buscaron el auxilio de Cartago, que estableció permanentemente destacamentos de tropas en la ciudad; tras ello, los cartagineses se establecieron en Ibiza para servir de enlace entre África e Hispania. Los cartagineses obtuvieron de estos primeros contactos con la Península la colaboración de mercenarios, sobrios, aguerridos y extraordinariamente resistentes: su armamento - casco con cimera, sable o falcata, caetra o pequeño escudo circular - era extremadamente eficaz, por lo que algunas de sus armas fueron incorporadas por los ejércitos de la época. Conservamos noticias de la participación de mercenarios hispanos en la batalla de Himera, combatiendo al servicio de Amílcar; más tarde, en la lucha entre las ciudades sicilianas de Selinunte y Segesta, a la que los cartagineses apoyaban en contra de la primera, los mercenarios ibéricos tuvieron una actuación destacada, mencionando las fuentes a los honderos, acaso baleares. Los mercenarios hispanos combatieron asimismo de manera destacada en otras varias batallas: en Himera, en el sitio de Agrigento, en Gela... Aunque combatían generalmente al mando de los cartagineses, no se hallaban al servicio de un sólo partido y ofrecían sus servicios al mejor postor, dependiendo de un variado conjunto de circunstancias.  

     

    Amenazada seriamente Cartago por el poderío militar de Roma a mediados del siglo IV antes de Cristo, la Península es tierra de gran importancia estratégica para las potencias contendientes. En un nuevo tratado firmado entre ambas en 348 a. C., se determinó el cabo de Palos como límite a la expansión a las colonias griegas protegidas por los romanos, reservándose aún la potencia cartaginesa el monopolio comercial de las tierras ricas en metales y en hombres, principalmente Andalucía y el interior.  

     

    La antaño poderosa Cartago se vio paulatinamente abocada a defender las últimas posibilidades de conservar un imperio comercial, por lo que puso sus esperanzas en las tierras hispanas, frente al impetuoso avance de Roma. Ésta, poseedora de un ejército fuerte y disciplinado y con una escuadra muy manejable y efectiva, aceptó el reto de Cartago de combatir en Sicilia; tras una serie de batallas y escaramuzas se produjo la victoria romana frente a su adversaria, quien perdió a un tiempo Sicilia y la supremacía marítima que había mantenido - aunque ya al final casi nominalmente - a lo largo de siglos. Al mediar el siglo III, una serie de circunstancias pusieron a Cartago en la necesidad de defender los restos de su imperio: el poderío de Roma era ya avasallador. Una serie de revueltas habían ido mostrando la hostilidad de los iberos hacia las colonias aliadas de los púnicos en la costa, expulsando progresivamente a los cartagineses de ellas. Amílcar Barca, jefe del partido militar, hizo recuento de sus efectivos: conservaba la escuadra y la metrópolis de Gádir. Tras someter una sublevación de los mercenarios en África, emprendió la reconquista del imperio cartaginés, al parecer en contra de la opinión del gobierno de Cartago, sin duda atemorizado por la casi segura intervención de Roma.  

     

     

    La política de los Bárcidas - Amílcar Barca y su hijo Aníbal - mostró una preocupación por apoyarse sistemáticamente en la Península Ibérica, con el fin de tratar de contrarrestar el creciente poder de Roma. Amílcar fundó Acra Leuké en las proximidades de la actual Alicante, con la intención de contar con una base permanente en la Península a través de la cual comunicarse con su imperio. Esta creación suscitó los recelos de los romanos, que habían observado las victorias del general cartaginés con inquietud, y enviaron una embajada que obtuvo de Cartago una respuesta satisfactoria. En el año 229 Amílcar puso sitio a la ciudad de Helike - Elche - con una parte de su ejército, mientras retiró el grueso del mismo a sus cuarteles de invierno en Acra Leuké. La hostilidad de los pueblos ibéricos hacia los cartagineses no había cesado: uno de sus reyezuelos, tras concertar con el general un pacto y romperlo inesperadamente, combatió a su ejército con un ataque repentino, derrotándolo y dando muerte a Amílcar que, al parecer, murió ahogado en un río.  

     

     

    Sucedió a Amílcar su yerno Asdrúbal, que vengó la derrota cartaginesa y reanudó los lazos con los iberos, haciendo que le reconociesen como jefe. Con los ingresos de los pueblos sometidos consiguió mantener la autonomía y prosperidad de Cartago, asegurándose el mando de sus ejércitos. Su talento político consistió en respetar el tratado impuesto por Roma en lo referente a la prohibición de extenderse por la costa más allá de la latitud indicada, pero aprovechando para extenderse libremente por las tierras del interior. Fundó la ciudad de Cartagena en un lugar tan acertado que, en el futuro, habría ser la principal base española en el Mediterráneo.  

     

    En el 226 Roma, presionada por la amenaza de los galos, envió una nueva embajada al bando cartaginés, ofreciéndoles ampliar su zona de influencia siempre que respetaran la línea del Ebro, lo que permitía salvaguardar las colonias griegas. El año 221 a.C. el general cartaginés falleció asesinado,  sucediéndole su pariente Aníbal, un genio militar considerado con justicia como uno de los más grandes guerreros de la Edad Antigua. Su estrategia, continuadora de la de su antecesor, procuró no sólo reforzar la presencia cartaginesa entre los pueblos iberos para consolidar sus posiciones costeras, sino dominar efectivamente a los pueblos del interior, de tal modo que la totalidad del territorio sometido le garantizase la base estable sobre la que edificar una superioridad política y económica sobre Roma. Los pueblos celtas de la Meseta, que hasta entonces no habían visto amenazada su independencia, se aprestaron para la defensa, aunque en los combates habidos contra los cartagineses la caballería y los elefantes garantizaban a los púnicos la supremacía bélica. Asdrúbal ascendió así hasta la cuenca del Duero, tomando importantes ciudades vacceas como Salamanca y Arbucala, y a su regreso deshizo en el Tajo una confederación de pueblos de la Meseta agrupada en su contra. Estas coaliciones de pueblos ibéricos ante el peligro eran relativamente comunes, como se vería años después en el caso de Numancia.

     

    El papel de la Península en estos años fue, fundamentalmente, servir de escenario para una lucha entre dos poderosos rivales, limitándose los pueblos ibéricos a definir su actitud a la vista de las circunstancias. Esto se hizo patente en el caso de Sagunto, cuyo sitio cobró en estos momentos extraordinaria dimensión histórica, dando lugar al definitivo enfrentamiento entre Cartago y Roma y a una de las gestas hispanas más acendradas en defensa del propio suelo y de la propia independencia. Situada en un fuerte promontorio sobre la costa, dentro del territorio adjudicado a Cartago en el último de sus tratados con Roma, en su interior había dos facciones, partidarias de apoyar a uno de los bandos. Roma se había encargado de alentar en su interior a sus partidarios, que se deshicieron de la facción procartaginesa. Poco después, algunos pueblos ibéricos, como los turboletas, atacaron Sagunto, acaso instigados por Aníbal. Éste recabó y obtuvo del Consejo de Cartago plenos poderes para presentar la batalla definitiva a los romanos, disputándoles la supremacía en la Península: en la primavera del 219 puso sitio a Sagunto, que se prolongó durante ocho meses, tras la cual la ciudad fue tomada, consiguiendo el cartaginés abundante botín y muchos prisioneros. La importancia del sitio consistió en que fue la chispa para el definitivo enfrentamiento entre Cartago y Roma: a partir de ese momento, Aníbal se puso en marcha hacia Roma con su poderoso ejército, integrado en su mayor parte por fuerzas hispanas como aliadas o mercenarias. Con él tuvo lugar el paso de los Pirineos y de los Alpes, así como las cuatro grandes victorias sobre el ejército más poderoso de la época, el romano.  

     

     

    Llegada de los romanos a la Península

    La llegada de los romanos a Hispania significó, sin duda, el hecho más trascendente de nuestra historia antigua. Producido como consecuencia de una acción militar, no fue en modo alguno casual, ya que los romanos calculaban cuidadosamente cada uno de sus pasos hacia el dominio del mundo conocido. La inmediata acción de conquista que desencadenaría conllevó la más decisiva serie de cambios ocurrida en la Península hasta la Edad Moderna: nuestras ciudades, nuestro pensamiento, nuestra lengua y nuestras leyes son en gran medida romanas. Roma había adquirido a fines del siglo III una de las constituciones más sólidas del mundo antiguo: era una república aristocrática, regida por un Senado que representaba a las oligarquías patricias y en cuyo gobierno las clases populares estaban representadas de modo más aparente que real. A menudo, los historiadores se preguntan por las causas de la caída del su Imperio, pero pocas veces las causas de su ascenso: en efecto, muchas ciudades de la época tenían unas semejantes bases de partida, pero sólo Roma logró consolidar en torno a sí el convencimiento y el poder para convertir una mediana ciudad del Lacio en un Imperio de proyección universal. Su secreto estriba en que su trabajoso ascenso hacia la construcción de ese Imperio vino acompañado de un espíritu de patriotismo mantenido por una aristocracia que transmitía de padres a hijos la experiencia del gobierno. Una ciudad estado que se había convertido en cabeza de una confederación de pueblos del Lacio a lo largo de los siglos IV al II antes de Cristo terminó por constituirse en la urbe más poderosa de Italia. Las guerras contra Cartago y las alternativas derrotas y victorias forjaron el poder militar de sus ejércitos, consolidando sus virtudes cívicas y castrenses.  

     

     

    Una de esas familias que gobernaba con amplitud de miras y firmeza política los designios de la ciudad, los Escipiones, concibió la hábil estratagema de atacar en Hispania a Aníbal, tratando de cortar su retaguardia y privarle así de su principal base de aprovisionamiento y apoyo político. Con este fin fue enviado Cneo, hermano de Publio Cornelio Escipión, que desembarcó en Ampurias en el 218 antes de Cristo con un pequeño pero disciplinado ejército cuyo primer objetivo era descender por la costa hacia el sur, manteniendo una primera batalla importante en los alrededores de Cesse, la actual Tarragona. La ciudad fue ocupada y se convirtió en la base de las operaciones romanas en la guerra.  

     

     

    La suerte de ésta se estaba decidiendo en Italia, donde Aníbal avanzaba imparable hacia Roma tras vencer a los romanos en las batallas de Tesino y Trebia. Estas derrotas no arredraron a los romanos, que parecen haber tenido presente en todo momento la amplitud de la contienda; pese a sentirse amenazados en su misma capital, el Senado decidió enviar un nuevo ejército a Hispania para reforzar el ya existente: Publio Cornelio marchó a su frente en el 216 a. C. Es claro que para entonces ya los romanos sabían que la guerra sería lo suficientemente larga, que Aníbal sólo contaba con posibilidades de ganarla si atacaba Roma con el crecido número de tropas necesaria para tomarla y que éstas sólo podían llegarle de Hispania: de ahí el denuedo de los romanos por impedir la llegada de refuerzos al ejército cartaginés por vía terrestre y el carácter sacrificado del reducido ejército de los Escipiones, que hubo de desenvolverse en un medio en gran medida hostil. Aprovechando una revuelta de los pueblos celtíberos contra los cartagineses, los Escipiones cruzaron el Ebro hacia el Sur, rompiendo a su vez, como previamente había hecho Aníbal, los términos del tratado.

     

    Aprovechando que en las poblaciones ibéricas había un sentimiento adverso a Cartago, el ejército romano llegó a Castrum Album, acaso Alicante, y penetró en la rica zona minera de Cástulo, en los alrededores de Cazorla, donde pasaron el invierno. En la primavera del 212 Asdrúbal retornó a Hispania con refuerzos de tropas nómadas; una coalición con la tribu ibérica de los ilergetes le permitió hacer frente al ejército de los Escipiones, que habían dividido sus fuerzas: Publio fue derrotado y muerto en Cástulo y Cneo sufrió idéntico destino cerca de Lorca.  

     

    Mientras tanto, las victoriosas campañas de Aníbal en Italia parecían tocar a su fin: tras una serie de sucesivas victorias, se enfrentaba a una resistencia tenaz por parte de los romanos, hasta que, convencido de la escasa rentabilidad de sus victorias, se atrincheró en Regio, esperando un momento propicio para sus tropas. En el verano del 211 los romanos habían logrado reunir un ejército lo suficientemente poderoso como para poder recuperar las posiciones perdidas en la Península Ibérica. Al mando de Cayo Claudio Nerón, fue enviado a Hispania para tratar de restablecer el orden anterior a la derrota de los Escipiones; inesperadamente, en el año 210 el pueblo romano concedió plenos poderes militares -el imperium proconsulare- al joven patricio Publio Cornelio Escipión, hijo del derrotado en Cástulo, para dirigir el ejército de Hispania. Este joven de 24 años, auxiliado por Marco Julio Silano, desembarcó en Ampurias y descendió luego hacia Tarraco, en el mejor momento para emprender una acción de contraataque. Asdrúbal recibió en estos momentos la orden de trasladarse a Italia en auxilio de Aníbal.  

     

    Las exacciones y levas de tropas que el ejército cartaginés se había visto forzado a hacer en Hispania habían provocado el descontento de gran parte de los iberos, descontento que supo aprovechar hábilmente Escipión. Asdrúbal Barca reunió en la Bética el ejército con el que auxiliar a Aníbal en Italia, siendo atacado por Escipión, quien dio la batalla en las estribaciones de Sierra Morena, donde su padre había caído derrotado. Escipión venció al ejército cartaginés aunque sin lograr destruirlo; los cartagineses emprendieron una rápida huida hacia la Meseta y desde allí marcharon a los Pirineos, cruzándolos por su lado occidental. Entretanto, una serie de campañas afortunadas fueron dando la primacía en el Sur a los romanos, que ya empezaban a familiarizarse con las tierras y pueblos de Hispania, comenzando a conocer la tenaz resistencia de que eran capaces sus hombres.  

     

    En los años siguientes, el mundo asistió a la definitiva derrota de Cartago: Asdrúbal fue derrotado y muerto en la batalla de Metauro en el 207, mientras que Aníbal cayó en la batalla de Zama, en África.  Las victorias sobre Cartago no habían sido el final sino el principio de un panorama de conquistas que, a continuación, los romanos iban a emprender por toda la Península, dando lugar a los más radicales cambios por los que habrían de atravesar estas tierras a lo largo de su historia y convirtiéndolas en una parte vital de su imperio.    

     

    Roma se afianza en Hispania

     

    Eclipsado momentáneamente el peligro púnico, Roma hubo de plantearse cómo evitar que sucesos como los que habían llegado a poner en peligro su propia seguridad en los últimos años volvieran a producirse. En este momento, la tentación de dominar por las armas al belicoso conjunto de pueblos peninsulares debió ser grande: por una parte, se obtendrían ricos recursos materiales y humanos, al tiempo que se detraerían a su potencial enemigo; por otra, se abría un período de guerra de duración indefinida que se adivinaba largo, pero cuyos sacrificios y consecuencias sólo podían en ese momento vagamente intuirse.  

     

    Sólo la inexorable voluntad de dominio de Roma hizo que tal esfuerzo pudiera llevarse a cabo, y sólo la constante decisión de afirmarse como único poder del mundo conocido pudo vencer la tenacísima resistencia de los pueblos ibéricos a perder su independencia. Se abría así un período de dos siglos de luchas a lo largo de los cuales ambos contendientes mostraron lo mejor y lo peor de sí; y a su término, Hispania quedaba constituida como la primera y mayor fuente de recursos de Roma, convertida al tiempo en una parte esencial de su imperio.  

     

    En su empeño por dominar a los pueblos hispanos, Roma no empleó unas tácticas diferentes a las de Cartago; en el fondo, sus estrategias no podían ser muy distintas: una política "de palo y zanahoria" de privilegios y exenciones, mediante pactos a las ciudades que se aviniesen a aceptar su poder, guerra, destrucción y deportaciones masivas como esclavos a quienes se opusiesen a un enemigo al que reconocían como mucho más poderoso. No obstante, ocurría que el costo de las acciones bélicas era cada vez mayor y el peso del yugo de Roma, que algunos habían aceptado de grado, cada vez era más pesado. Todo ello amenazaba con convertir los pactos de alianza firmados en un estado de práctica esclavitud respecto al poder invasor.  

     

    Los primeros conflictos surgieron probablemente por las exacciones de dinero para pagar a las tropas, que coincidió con un motín de soldados romanos en Cartago Nova. Polibio alaba la virtud de Escipión y condena la mala fe púnica, que quiso aprovechar la oportunidad para debilitar a sus rivales apoyando un levantamiento de los pueblos ibéricos, antaño aliados de Roma, contra Cartago. La revuelta estaba acaudillada por Indíbil y Mandonio, personajes a quienes la historiografía romántica convirtió en adalides de la defensa de los valores patrios. La revuelta que capitanearon se extendió entre los pueblos ilergetes situados entre las actuales regiones valenciana y catalana, prolongándose durante varios años.  

     

    Escipión había dejado la Península hacia el año 205 y sus sucesores hubieron de reprimir sublevaciones constantes que, como un reguero de pólvora, se extendían por los territorios sometidos. Indíbil murió en combate y Mandonio, capturado, fue condenado a muerte.  En estos momentos - del 206 al 197 a. C. - ocurrieron dos hechos significativos de la voluntad política romana de permanencia en la Península: la fundación de Itálica y la división de Hispania en dos provincias. Hasta entonces, los romanos habían dominado el territorio ocupando ciudades griegas, púnicas o ibéricas, mientras que ahora se creaba un núcleo urbano para familias latinas, asentando a los jubilados de las legiones y convirtiéndolos en propietarios agrícolas.  

     

    La división de Hispania en dos provincias encuadraba al territorio dentro de la administración romana y respondía a intereses de carácter militar y económico: la provincia Citerior englobaba al litoral mediterráneo, escenario de las recientes guerras contra Cartago; la Ulterior abarcaba las anchas tierras inhóspitas del interior y sus tribus hostiles, las mal explotadas costas del océano.

     

    Catón en Hispania: la conquista del interior

     

    Al patrón de dominio militar pronto se impuso la necesidad de superponerle un modelo de explotación económica. Las guerras contra los bárquidas habían ocasionado costosísimos gastos, pero la Península se mostraba capaz de ofrecer los recursos necesarios para resarcir las exhaustas arcas de Roma. Se ha sugerido que la rápida difusión del sistema monetal hispano romano pueda ser debida a la necesidad romana de recaudar exacciones y tributos para pagar a las tropas en una moneda semejante a la suya. Las ricas ciudades agrícolas y mineras del litoral fueron las primeras en ser esquilmadas: las cantidades recaudadas y entregadas por los procónsules al erario de Roma fueron enormes.  

     

    La mayor parte de las ciudades hispanas había conservado un cierto grado de autonomía, pero estaban obligadas a pagar un tributo o estipendio fijo. Las ciudades voluntariamente asociadas a Roma no siempre se libraban de pagar tributos; de hecho, los términos de los pactos por los que una ciudad había aceptado el dominio de Roma frecuentemente no se cumplían. No obstante, en estos casos las ciudades enviaban embajadas a la urbe con objeto de renegociar los términos del convenio. Gádir, la ciudad tradicionalmente propúnica, encabezó una de estas protestas para tratar de evitar que Roma le obligase a pagar impuestos.  

     

    La negociación no dio los frutos queridos y el levantamiento no se hizo esperar, extendiéndose rápidamente por la parte más pacífica y civilizada de la Península: la costa oriental andaluza, región fuertemente impregnada de cultura púnica, donde dos caudillos indígenas, Colcos y Luscinio, encabezaron la rebelión. A la sazón, Roma precisaba urgentemente medios para atender a los ejércitos, pues se hallaba atendiendo a un triple frente: los galos, Macedonia y Siria, de modo que no se hallaba en condiciones de enviar tropas a Hispania. El pretor Tudelano fue derrotado y muerto; un nuevo pretor, enviado para sustituirle, obtuvo alguna victoria, pero no lo suficientemente grande como para apagar la sublevación, que se extendía más y más.

     

    Roma envió entonces a Marco Parcio Catón como cónsul; este hecho significaba que España era ya considerado por Roma como provincia consular, al igual que la Península Itálica. La gestión de Marco Parcio Catón en Hispania fue muy eficaz desde el punto de vista militar, que reportó pingües beneficios a Roma. Contaba con dos legiones, 15.000 aliados latinos y una flota de 24 navíos con la que desembarcó en Ampurias. Su presencia era bien necesaria a los intereses de Roma, pues el conflicto ya se había extendido entre los pueblos iberos de la costa catalana, a los que apaciguó en sucesivas y victoriosas campañas. Catón aprovechó asimismo para adentrarse con su ejército en lo que sin duda fue una acción de avanzada hacia las tierras del interior. Llegó así a Segontia, a la que puso sitio sin poder tomarla, para dirigirse luego a Numancia, llegando a correr gravísimos peligros de los que logró salir pagando una fuerte suma a las tropas celtíberas.  

     

    Junto a esta labor de descubierta militar, Catón llevó a cabo una hábil actividad política que le permitió negociar con la mayor parte de las ciudades del sur la demolición de sus murallas. Los sucesores de Catón continuaron la labor de internamiento entre los pueblos carpetanos y oretanos de la Meseta; uno de ellos, Fulvio Nobilior, llegó al Tajo y conquistó Toledo. Durante estos años, la resistencia de la zona interior se halla en plena efervescencia y fue decisiva la intervención de un hombre enérgico, hábil e inteligente: Tiberio Sempronio Graco, que fue elegido pretor de la provincia Citerior y que convenció al Senado de la irreductible resistencia de los pueblos hispanos del interior, consiguiendo un poderoso ejército con el que recorrió victoriosamente la Bética, la Carpetania y la Celtiberia, al tiempo que ofrecía pactos de amistad con múltiples poblaciones, ofreciéndoles la protección del ejército romano a cambio de hombres y dinero, si bien exigiéndoles al tiempo no levantar nuevas murallas.

     

    De este modo, salvo los belicosos pueblos de las montañas cántabras y los poblados lusitanos, el resto de Hispania fue aceptando la ley de la conquista. Las conquistas pudieron haberse consolidado de manera pacífica y paulatina de no haber mediado la serie de injusticias, exacciones y nuevos tributos con los que los sucesores de Graco obsequiaron a las tribus ibéricas sometidas.  

     

    Roma, como consecuencia de sus conquistas, asiste a un doble proceso; por una parte, el ascenso del partido aristocrático; por otra, el crecimiento de la urbe por la afluencia de campesinos empobrecidos, que forman una amplia masa popular plebeya. Para sostener a esta plebe eran necesarios los recursos de las provincias; desde este prisma, los productos agrícolas hispanos fueron cada vez más apreciados: el aceite, el trigo y el vino venían a unirse a las grandes cantidades de metales necesarios para la industria de Roma. La Península pasó así, poco a poco, a convertirse en una pieza indispensable de la economía del Imperio como abastecedora de productos de consumo: así, el medio siglo aproximado que media entre Graco y Escipión el Grande -entre 178 y 134 a.C- estuvo caracterizado por una explotación cada vez más exigente de los productos hispanos. Esta política de explotación pura y dura motivó multitud de protestas de embajadas, por lo general sin éxito.  

     

    El malestar reinante fue creando un inestabilidad creciente, en especial entre los pueblos belicosos del interior, como celtíberos y lusitanos, manteniéndose a duras penas la paz establecida por Graco hasta mediados del siglo II, cuando la guerra se hizo general: en estos años no sólo celtíberos y lusitanos, sino una auténtica coalición de pueblos de la Meseta se levantó contra el poder de Roma.  

     

     

    Las escaramuzas contra los ejércitos romanos tuvieron resultados favorables a los sublevados, obligando a Roma a enviar un fuerte ejército consular ante la rebelión generalizada: en el 154 a.C. la ciudad de Segeda, en el centro de Celtiberia, junto al río Jalón, se había atrevido a rehacer sus murallas. De modo más o menos espontáneo se fue conformando una confederación de pueblos sublevados frente al poder del invasor: la ciudad de Numancia, cerca del Duero, cabeza de los arévacos, se atrevió a acoger a los segedanos dentro de sus muros. Una serie de escaramuzas ocasionó sensibles pérdidas en el bando romano, que concluyó con la clamorosa derrota del mismo en agosto del 153. Los pueblos celtíberos alternaron la guerra de guerrillas con retiradas tácticas al interior de sus ciudades amuralladas. Quinto Fulvio Nobilior intentó, tras ello, sitiar Numancia con tropas reforzadas por caballería y elefantes, fracasando en su empeño de tomar la ciudad.

     

     

    Esta rebelión generalizada había creado dos estados de opinión en el Senado romano: el encabezado por Marco Claudio Marcelo, partidario de negociar con los sublevados y recuperar en lo posible la política conciliadora de Sempronio Graco, y los que defendían la necesidad de una acción militar enérgica, encabezados por Publio Cornelio Escipión Africano, de la saga de los Escipiones, que tan decisivamente habían contribuido a convertir Hispania en una pieza del engranaje romano. Frente a las políticas conciliadoras de antaño, prevaleció el deseo de afirmar el poder del ejército de Roma, menoscabado en los últimos años por las sucesivas e intermitentes acciones hostiles de los celtíberos.

     

    Numancia

     

    Durante el siglo XIX, la exaltación de los valores patrios que, naturalmente, exigían las conciencias nacionalistas motivó el interés por la gesta de los celtíberos frente a Roma, por lo que se desarrolló para su investigación un importante plan que trataba de localizar el sitio arqueológico de Numancia, hasta entonces erróneamente identificada con Soria. En 1860 Eduardo Saavedra localizó su emplazamiento con el apoyo de los itinerarios; desde entonces se reconoce en los restos del cerro de Garray, unos 7 km al norte de aquella ciudad. En 1905 comenzaron las excavaciones del enclave, dirigidas por Adolf Schulten, insigne lingüista y arqueólogo, que documentaron la existencia de tres niveles: neolítico, celtibérico y romano. Posteriores excavaciones en el sitio han logrado descubrir gran parte del urbanismo de la ciudad, así como los trazos generales de las viviendas y calles de época romana.

     

     

    Pese al triunfo de los partidarios de la mano dura en los asuntos hispanos, Marcelo pudo obtener del Senado apoyo suficiente para llevar a cabo su política de pacificación. El cónsul fundó en Córdoba una nueva colonia de ciudadanos romanos e incluso logró que Numancia depusiese las armas, comprometiéndose a ofrecer a los arévacos la paz y gran parte de su autonomía a cambio de una fuerte suma estipendiaria.

     

    La paz se mantuvo hasta mediados del siglo II a.C., cuando fueron nominados como sucesores de Marcelo dos personajes poco escrupulosos: Lucio Licinio Lúculo como cónsul y Sergio Sulpicio Galba como pretor, quienes llevaron a cabo una exacción constante sobre los pueblos ibéricos, enriqueciendo al tiempo el erario de Roma y sus propios peculios, dando al traste con la política de tranquila convivencia que iba atrayendo a los iberos a la forma de vivir de Roma. La nueva situación retrotraía las tierras del interior al primer momento de la conquista, creando hacia Roma un estado de animadversión constante. Las fuertes sumas que los sometidos eran obligados a aportar al erario, la imposición de guarniciones romanas en las ciudades, las ejecuciones en masa de los rebeldes y las deportaciones como esclavos de sus familias volvieron a estar a la orden del día. Los 30.000 habitantes de pequeña ciudad de Cauca (Coca), en tierra vaccea, fueron ejecutados en masa. En Roma, las opiniones sobre la política a seguir volvieron a estar divididas, aunque los ingresos obtenidos de las brutales exacciones contribuyeron a reforzar en el Senado las posiciones partidarias de una intervención dura.

     

    En este momento de renovada resistencia, la historiografía ha destacado con justicia dos hechos significativos de la nueva fase de las hostilidades: la acción guerrera de Viriato y el sitio de Numancia. Cada uno de ellos polariza un aspecto característico de la guerra llevada a cabo. Viriato es uno de esos genios militares que a veces surgen espontáneamente en la Historia cuando las circunstancias dan lugar a ello, un hombre de unas cualidades excepcionales como estratega, que personifica a la perfección la nueva fase de la lucha contra Roma, una fase de resistencia más flexible y abierta, en que los iberos no se limitan a acastillarse en sus poblados y castros sino que alternan esta defensa estática con ataques constantes seguidos de rápidas retiradas, organizando una guerra de guerrillas que ocasionó a Roma unas tremendas pérdidas y un desgaste terrible: en pocos años, varios ejércitos de Roma fueron aniquilados por este caudillo, cuyas tropas eran una especie de guardia pretoriana de incondionales.  

     

    La actividad del líder lusitano llegó a tener asediado a Quito Fabio Serviliano en Arsa, obteniendo del general romano una capitulación que fue respetada por el Senado y que proclamó al caudillo lusitano amigo del pueblo romano. La guerra con Viriato se reabrió poco más tarde: traicionado y asesinado por sus propios emisarios, se le tributaron unos funerales suntuosos en los que se incineró su cadáver y se realizaron unos juegos fúnebres impresionantes, acompañados de sacrificios humanos.

     

    Numancia es la otra cara de la moneda de esta fase de resistencia al invasor. Significó el sistema defensivo más tradicional de los pueblos ibéricos, el acastillamiento a ultranza en sus bastiones defensivos. Escipión vio en Numancia la necesidad de recuperar el resquebrajado prestigio de Roma tras las últimas derrotas y después de restaurar la disciplina en el ejército, inició el cerco a la ciudad situando en torno varios campamentos, máquinas de guerra y un impresionante arsenal para el sitio. Aislados los numantinos y fallidos los intentos de romper el cerco y obtener algún tipo de ayuda, la situación se hizo insostenible. Finalmente, agobiados por el hambre y la desesperación, comenzaron a comerse unos a otros; al entrar las tropas romanas hallaron a los pocos supervivientes en dramático estado, en uno de los escenarios más dantescos que tuvieron lugar durante la conquista romana.

     

    Guerras civiles

     

    La historia posterior a la conquista romana de Hispania no es, en sentido estricto, sino historia de Roma: al anexionar a la órbita del Imperio las tierras y las gentes de Hispania, éstos quedaron convertidos en una parte más del Imperio romano. Sus habitantes aún tardaron en convertirse en romanos, pero entraron ya en un irreversible proceso tras el que se borró la conciencia de dominadores y dominados hasta identificar como una misma cosa los intereses de ambos. La incorporación de Hispania a los intereses de Roma tuvo lugar cuando ésta se hallaba en uno de los períodos más interesantes y más decisivos de su historia, un período de extraordinarios cambios en su estructura social y económica, en buena medida consecuencias de esa misma conquista.  

     

    El patriciado militar y plutocrático representado en el Senado, tras una etapa en la que ejerció una explotación despiadada de las tierras conquistadas se transformó lentamente hacia valores más propios de una sociedad pacífica. Este deseo de cambio en una sociedad política caduca es común a diversos grupos e intereses y los sucesos de estas luchas nos son bien conocidos gracias a escritores ilustres. Se perfilaba en el ambiente el enfrentamiento entre dos bandos, encabezados respectivamente por Cayo Mario, que había ocupado la prefectura de Hispania Citerior, y por Lucio Cornelio Sila, el más capaz de los representantes de la oligarquía aristocrática.  

     

    En esta guerra civil Mario buscó el apoyo de los pueblos aplastados por las durísimas exacciones de Roma, y Sila, aun controlando la capital, no pudo evitar perderla al dirigirse a Asia para luchar contra Mitríades. A su regreso victorioso contra los persas, Sila desembarcó en Italia y dos años más tarde protagonizó una corta y sangrienta dictadura. Los partidarios del partido silano buscaron apoyo en las tierras hispanas, instrumentalizando a su favor el descontento de sus pueblos; con la excepción de uno de ellos, Quinto Sertorio, la mayoría aprovechó coyunturalmente el apoyo que las gentes hispanas pudiesen brindar a sus intereses.  

     

    Sertorio  

     

    Al haber nacido en una región montuosa y agreste, Nursia, que en el siglo I era todavía una comarca rural dedicada al pastoreo y la agricultura, Sertorio estaba en mejores condiciones para comprender a los pueblos hispanos mejor que sus partidarios. Una misma forma de entender el mundo le llevaba a comprender bien a los indómitos hispanos, a sentir como propios los estados de ánimo de éstos frente al recorte de sus libertades y a los constantes abusos de Roma. De clase ecuestre, Sertorio sirvió en el ejército romano durante largas campañas, aunque su formación militar se perfiló en el estado mayor de Mario. Formando parte del ejército romano en las guerras de comienzos del siglo I a.C., escapó al ataque de los iberos sobre las legiones romanas que descansaban frente a Cástulo y una hábil estratagema le permitió apoderarse de la ciudad. Su arrojo y heroísmo en el combate le granjearon una merecida fama que hizo valer al pretender el cargo de tribuno de la plebe; sin embargo, se encontró con la oposición de Sila, quien no veía en este guerrero de mediocre extracción social alguien lo suficientemente digno para ocupar tan alta magistratura. Ello decidió el destino del soldado, quien humillado por el orgullo aristocrático se unió al partido de Mario y de Cinna, a los que superaba con creces en virtudes políticas y militares.  

     

    El triunvirato integrado por los tres hombres se apoderó de Roma y, al desembarcar Sila de vuelta de su victoriosa campaña contra Mitríades, la única oposición efectiva con la que hubo de encontrarse fue precisamente la de este valeroso militar. A la muerte de Mario, Cinna llegó a considerar a Sertorio como una poderosa amenaza para sus intereses hegemónicos, por lo que le envió a Hispania, ofreciéndole la prefectura y, al tiempo, despejándose el camino de un posible rival demasiado poderoso.  

     

    Quinto Sertorio cruzó los Pirineos el año 83 a.C.; tan pronto como lo hizo, se vio que era un lugar idóneo para poner a prueba sus extraordinarias dotes políticas y militares. Los pueblos de la montaña exigieron el pago de un peaje por dejarle libre el paso a través de los montes, cosa a lo que el militar se avino con objeto de no perder tiempo en las circunstancias en que se hallaba. No podía contar con su partido, prácticamente agotado, sino únicamente con sus propias fuerzas; el lugarteniente de Sila en la Península había huído del país, acosado por la actitud hostil de los naturales.  

     

    Sertorio comprendió que la única posibilidad de mantenerse, dada la imposibilidad de obtener refuerzos de Roma para su causa, eran los apoyos que podía recabar de los pueblos hispanos, gentes a las que le unía una natural empatía y con los que se encontraba perfectamente identificado. Los celtíberos mantenían unos complejos sistemas de fidelidad a sus líderes guerreros, que establecían entre jefes y soldados unos estrechos lazos basados en la justicia y la dignidad; bien conocida era la institución de la devotio, un pacto de solidaridad y mutua protección que se establecía entre los contrayentes.  

     

    Sertorio supo ganarse la confianza de unos pueblos a los que conocía bien y apreciaba, para llevar adelante su causa; reuniendo en torno a sí a algunos colonos romanos y a muchos celtíberos que lo aclamaron como a uno de sus caudillos, logró aglutinar un ejército y equipar una pequeña flota con la que mantener abiertas las vías hacia África e impedir ataques por sorpresa en la costa. Sila era muy consciente del peligro representado por Sertorio dominando un territorio que, en los últimos años, había sido utilizado demasiadas veces en contra de los intereses de Roma, por lo que envió un fuerte ejército consular a través de los Pirineos. Sertorio, cuyas fuerzas eran muy inferiores, se embarcó en su reducida flota y comenzó un azaroso periplo por el Mediterráneo que le llevó a las costas africanas, venciendo a uno de sus reyezuelos y tomando Tánger como idóneo punto de observación hacia los asuntos de España.  

     

    Los hispanos, viendo en Sertorio la única oportunidad para hacer frente a Roma, al cabo de un tiempo le enviaron una embajada de lusitanos para ofrecerle el mando de sus tropas. Desembarcó en Tarifa, ascendiendo y entrando en combate con el ejército de Tufidio, al que derrotó, dejando libre el paso para Lusitania.  

     

    En el año 80 Sila comprendió la gravedad del peligro sertoriano, por lo que envió a Hispania a sus dos mejores generales, Metelo y Pompeyo, frente a lo más granado de sus legiones. La guerra comenzó en la zona montañosa entre el Tajo y el Guadiana, y en ella se enfrentaron una vez más dos contendientes desiguales y dos tácticas militares contrapuestas: por una parte, los poderosos y aguerridos ejércitos del experimentado Metelo, que atesoraba toda la sabiduría militar de Roma; por otra, Sertorio, que con su fiel grupo de celtas de Iberia y de guerreros africanos carecía de la potencia para presentar batalla en campo abierto, acogiéndose a la táctica de guerrillas en la que sus hombres eran expertos. Metelo fue tomando una serie de puntos estratégicos a los que dio su nombre: Metellinum (Medellín), Castra Caecilia (cerca de Cáceres) y Vico Caecilio, comunicado hacia el norte por una vía militar: la vía de la Plata. Este sistema, fuerte y estático, fue atacado persistentemente por Sertorio en fugaces y violentos ataques, seguidos de la dispersión de tropas. El peso agobiante de Roma se vio acentuado por nuevas exacciones, que favorecieron un estado de opinión favorable a Sertorio; enfangada Lusitania en la guerra de guerrillas, éste dejó al mando a un lugarteniente suyo, Hirtuleyo, y marchó a la Hispania Citerior, donde habrían de producirse sus mejores campañas bélicas. En el año 77 a.C., Sertorio se hizo con el control de las indomables ciudades celtibéricas y logró un poderoso refuerzo en las tropas de Perpenna, un rico patricio favorable a Mario.  

     

    Con clarividencia, Sertorio supo ver en los pueblos hispanos el futuro de quienes habían de ser primero aliados de Roma y luego auténticos romanos, al organizar políticamente a Hispania y crear en Osca una escuela para los hijos de los régulos ibéricos, donde se pudiese forjar una clase de dirigentes con la que regir los destinos de la península con los valores de Roma. Con ello pretendía crear un núcleo hispano cuya autoridad fuera aceptada en Hispania y luego en Italia, para lo que reorganizó el ejército, nombró un senado de trescientos miembros y varios magistrados, y desde Osca extendió su autoridad por gran parte de la Península, excepto parte de Andalucía y Cartagena, y por algunos pueblos de las Galias. Envió una embajada al rey Mitríades, de quien obtuvo el feudo permanente de la provincia de Asia a cambio de concesiones territoriales.  

     

    Naturalmente, las capacidades políticas y militares de Sertorio, unidas a su ambicioso proyecto, pusieron en su contra todo el formidable poder de Roma, regido con mano enérgica por el victorioso Sila. A la muerte de éste, la oligarquía senatorial pensó en auxiliar al veterano general Metelo, asediado en Andalucía, enviándole al joven Cneo Pompeyo para restablecer el poder de Roma en la Península. El plan militar de Pompeyo consistía en penetrar en ella por la costa levantina y avanzar a lo largo, realizando una acción de pinza con el ejército de Metelo sobre las tropas sertorianas, pero sus tropas, no habituadas a los sistemas de ataque de los guerreros celtíberos, sufrieron un tremendo desastre ante Lauro (acaso Liria). La derrota del hasta entonces invicto Pompeyo extendió el prestigio exterior de Sertorio, quien entonces recibió la embajada de Mitríades; pero pronto el equilibrio entre ambos contendientes quedó restablecido con la derrota de Hirtuleyo en Itálica a manos de Metelo. Desde entonces, la guerra se prolongó durante varios años con episodios de diversa fortuna. El largo tiempo transcurrido fue desgastando los ánimos de los contendientes: los pueblos hispanos se hallaban cansados de tantos años de guerras y el prestigio de Sertorio se mantenía intermitentemente gracias a sus hechos bélicos brillantes, no muy abundantes en sus últimos tiempos. Los historiadores romanos afirman que el fracaso hizo a Sertorio desconfiado y cruel; su lugarteniente Perpenna urdió una conspiración contra él, dándole muerte. Sus tropas, sin el liderazgo militar y moral del jefe, fueron fácil presa de Pompeyo, que derrotó a sus rivales recogiendo los frutos de una obra militar forjada en su gran medida por Cecilio Metelo.

     

    César en Hispania

     

    Tras las guerras sertorianas Hispania salió crecientemente envuelta en la política, la cultura y los avatares romanos. Más que nunca puede decirse que estas tierras, decisivas en todas las recientes confrontaciones en las que Roma había sido centro, desempeñarían un papel decisivo en la conformación de su futuro Imperio. A la vuelta de su viaje a Oriente, el ambicioso César encontró los resortes del poder dominados por dos hombres de mediocre valía: Craso y Pompeyo, con los que se vio obligado a compartirlo. César regresaba imbuido de la idea oriental y helenística de que sólo un líder de estirpe divina podía gobernar el inmenso imperio, por lo que recordó su ascendencia, a través de Eneas, de la diosa Venus. Tenía la nobleza y la preparación militar, aunque para sus ambiciones precisaba también la gloria y unos medios que sólo Hispania, aún con regiones no sometidas al yugo de Roma, podía brindarle. En el año 61, César obtuvo la pretura de Hispania Ulterior, acometiendo a continuación una rápida y exitosa campaña contra los celtas del noroeste peninsular y de Galicia, embarcando a continuación en las costas gallegas en una gran escuadra en la que viajó a Roma. Al hacer escala en Cádiz, según la versión de Suetonio, y visitar el santuario de Hércules, una visión de una estatua de Alejandro le hizo llorar de envidia al recordar la gesta heroica del macedonio, y recibió el feliz augurio de haber conseguido sujetar el freno de un corcel indomable que hasta entonces a todos había resistido.

     

    César, además de sus extraordinarias dotes como militar y como político junto al extraordinario brillo de su cultura, contaba con ese magnetismo personal que hacía reconocer a los otros su autoridad de manera inmediata. Tan pronto llegó a Roma obtuvo del Senado los honores del triunfo (al cual renunció) y del consulado. César se convirtió en el imprescindible tercer hombre entre Craso y Pompeyo, con los que integró el triunvirato que rigió los destinos de la República. En el año 55 los triunviros acordaron repartirse el gobierno de las provincias: Craso obtuvo Asia, César las Galias y Pompeyo África e Hispania, donde contaba con numerosos partidarios. La muerte de Craso en la guerra contra los partos puso en peligro la situación política de la República. Con la muerte de Julia, hija de César y esposa de Pompeyo, se rompió al tiempo el parentesco y la situación de equilibrio que habían mantenido ambos líderes: en ese momento, ni el suegro de estirpe divina ni el yerno de reconocida fortuna se mostraron proclives a renunciar a sus aspiraciones hegemónicas. Contaba Pompeyo con un gran apoyo en las tropas hispanas que, tras la muerte de Sertorio, lo habían aclamado como jefe, transfiriéndole su fidelidad. También contaba con siete legiones al mando de Lucio Afranio y Marco Petreyo, al frente de setenta mil hombres que, con cinco mil jinetes, dominaban la llanura del Segre, además de las tropas de Terencio Varrón,unos diez mil soldados que mantenían la calma en Lusitania. Una vez más, la Península iba a ser escenario decisivo de las guerras que decidirían el futuro de Roma. Con un ejército reducido, César se lanzó al ataque de Hispania con la estrategia definida por él mismo de "combatir primero un ejército sin general para luego combatir a un general sin ejército". César se apoderó de Marsella, cruzó los Pirineos y buscó a Afranio en los aledaños del Segre, atravesando luego una situación extraordinariamente precaria en zonas pantanosas y casi sin víveres que hicieron temer por su vida. Las noticias sobre su campaña, al llegar a Roma, parecían dejar claro que su estrella se apagaba dejando paso a la de Pompeyo, a quien se unieron muchos partidarios. Pese a ello, su flota logró vencer a sus enemigos ante Marsella y las comunicaciones quedaron abiertas a los refuerzos de las Galias. En pocos días, César pasó de la inacción a tomar la iniciativa y a enseñorearse del campo, haciendo retroceder a Afranio, cerrándole el paso después y obligándole a capitular con todo su ejército en el año 49 a. C. Completó su victoria con un auténtico paseo victorioso por la Bética, donde las ciudades se rindieron sin resistencia, aclamando al vencedor de Ilerda. Varrón le rindió honores en Córdoba, tras lo cual César embarcó en Cádiz y regresó a Roma, tras una escala en Tarragona.

     

     

    Bajo César se repitió de nuevo la historia de los expoliados pueblos hispanos: otra vez unos y otros contendientes buscaron explotar a su favor el descontento de las ciudades de Hispania por las continuas y brutales exacciones. César, no menos que Pompeyo, consideraba las tierras hispanas como una formidable fuente de ingresos para sus campañas, sin tener en cuenta que las posibilidades económicas de la península para abastecer los ejércitos y los magistrados romanos eran limitadas. A los abusos de Varrón en la provincia Ulterior sucedieron los de Quinto Longino, cuyas fuertes exacciones originaron una conspiración en Itálica que fue fuertemente reprimida, así como una sublevación en Córdoba, seguida de una situación de descontento general en la Bética y Lusitania. César, mientras tanto, cumplía con la segunda parte de su plan derrotando a Pompeyo en Farsalia: el general sin ejército fue finalmente asesinado por un esclavo del rey de Egipto. No obstante, la guerra se prolongó al contar los partidarios de Pompeyo, que se reducían ya a los partidarios de la República, con importantes bazas en el norte de África: Escipión y Marco Catón, apoyados por el mauritano rey Juba. Derrotados los pompeyanos en África, su última esperanza era Hispania, a donde se dirigieron comandados por Cneo Pompeyo, quien tras conquistar las Baleares acudió a la Bética con el objeto de sublevarla, encendidos como estaban los ánimos por la expoliación de los cesarianos. Allí se unieron en torno a Cneo Escipión todos los resistentes del partido republicano; César, en una rápida y decisiva acción, se presentó súbitamente en Hispania, acabando la cuestión con su decisiva victoria en Munda, en la primavera del 45 a.C., tras la cual el orgulloso partido republicano quedaba definitivamente fuera de combate.    

     

    Con el triunfo de Munda, la República había desaparecido. Los temores de que César pudiese coronarse rey quedaron pronto disipados ante la inteligente actitud de éste al buscar una fórmula que le permitiese arrogarse todas las ventajas del reinado y no suscitase las repercusiones negativas que la institución monárquica evocaba entre sus conciudadanos. César buscó la instauración de un régimen nuevo, el Imperio, un sistema político flexible y eficaz que le permitía gobernar como imperator o jefe supremo de los ejércitos, cónsul por diez años y dictador perpetuo, con lo cual sometía a su arbitrio el Senado y las magistraturas. Al morir asesinado los idus de marzo del 44 a. C. en una conspiración alentada por el partido republicano, su sangre derramada ayudó a prestigiar la institución a la que había dado vida: se le tributaron honores divinos y el nombre César significó desde entonces una renovada dignidad real. Recayó así en primer lugar sobre Cayo Octavio César, nieto de una hermana del asesinado caudillo, quien se encargó de consolidar y perfeccionar la recién creada institución. Aun sin los muchos atractivos de la personalidad de su antecesor, Octavio era un hombre inteligente y práctico, que dada su extremada juventud hubo de resignarse a dejar la tarea de organizar el poder a algunos influyentes cesarianos, Marco Antonio y Lépido. Más tarde, beneficiándose de la inmensa fama póstuma de su antecesor, formó con ellos un nuevo triunvirato, del que pronto Lépido fue excluido ante las sospechas de sus connivencias con los republicanos. Antonio y Octavio se repartieron el mundo bajo la égida romana, correspondiendo al primero Oriente hasta el Adriático y al segundo Occidente; su definitivo enfrentamiento tuvo lugar en la batalla de Actium, quedando Octavio Augusto como único dueño de Roma.

     

     

    A Augusto corresponde el honor de haber articulado coherente y eficazmente la institución esbozada por su antecesor; ampliando la política de César y dando contenido a cada una de sus instituciones para vertebrar el Imperio. Gracias a ello, creó un instrumento de gobierno que habría de servir eficazmente a los intereses de Roma durante cinco siglos en Occidente y durante más de diez en Oriente. En los diez años siguientes a partir del 29 a.C., Augusto asumió calladamente todas las magistraturas en un proceso de concentración de poder personal pocas veces registrado a lo largo de la historia, dando al tiempo a la institución imperial la autoridad necesaria para regir los destinos de Roma a lo largo de su historia.  

     

    Las Guerras Cántabras

     

    Hispania, la provincia del Imperio más tempranamente invadida, fue también aquélla que ofreció una resistencia más prolongada al invasor. Cuando la gran mayoría de la superficie peninsular había aceptado la organización política y las formas de vida romanas, aún surgieron en las montañas del norte brotes de independencia que se manifestaron en una guerra abierta frente al poder de Roma. No se trataba en este caso de protestas de los pueblos dominados ante unas exacciones excesivas o injustas, sino de un deseo radical de independencia semejante al que había animado a los pueblos celtíberos, y que tras la caída de Numancia, un siglo atrás, parecía definitivamente olvidado. Uno de estos pueblos, muy caracterizado, los cántabros, fuertemente impregnados de cultura céltica, situados en la zona montañosa y costera central del mar que lleva su nombre, presentaron poco antes del cambio de Era una tenaz resistencia al dominio romano. Pastores y cazadores, hasta entonces no habían visto sus costumbres ancestrales alteradas por Roma. Las razones que dan los historiadores romanos son las molestias que ocasionaban estos pueblos a las gentes romanizadas de la Meseta. Octavio Augusto, cuyo programa político preveía un imperio pacífico y próspero, se vio obligado a intervenir para zanjar cualquier conato de insumisión a la autoridad de sus tropas, por lo que se trasladó a Hispania y estableció su cuartel general en Tarragona. A los cántabros se unieron un buen número de pueblos norteños que compartían sus formas de vida, obligando al emperador a tomar personalmente el mando de la campaña a comienzos del año 26 a. C.

     

    Los historiadores romanos han narrado los episodios de esta guerra, en la que los cántabros dieron pruebas de las virtudes y defectos de los pueblos ibéricos, así como de sus características formas de resistencia ante el invasor: hábil explotación del conocimiento del terreno, agilidad y eficacia en la guerra de guerrillas y tenaz resistencia en sus castros fortificados. La superioridad militar de Roma se impuso una vez más, no sin ocasionar a Augusto un serio quebranto físico y moral: enfermo de unas fiebres, uno de los siervos que portaban su litera fue fulminado por un rayo, por lo que se retiró a Tarragona desazonado por este augurio. En el invierno del 26 al 25 la guerra estaba virtualmente terminada. Los montañeses fueron dispersados por las tierras llanas, llevados lejos o exportados como esclavos a tierras distantes. Augusto volvió a Roma y cerró de nuevo el templo de Jano, dando la guerra por finalizada aunque se negó a celebrar un triunfo. La guerra de guerrillas, no obstante, se prolongó durante varios años y tuvo una llamarada súbita en el 19 a. C.: una nueva rebelión fue severamente reprimida, tras la cual volvieron a sucederse las hecatombes en masa, los sacrificios colectivos y los rasgos de heroísmo enloquecido de gestas anteriores.  

     

    Las guerras civiles de Roma trasladadas a la Península contribuyeron inevitablemente a la agudización del sentimiento de pertenencia a una comunidad de intereses más amplia que la que imponían antaño las respectivas ciudades. Lentamente, la labor de romanización se iba imponiendo, al principio sobre unas necesidades de carácter militar, trazando una infraestructura básica sobre la que había de apoyarse luego la sociedad civil. Las necesidades de la conquista llevaron al trazado de calzadas y al establecimiento de campamentos importantes en las zonas potencialmente levantiscas; muchos de los campamentos para las legiones que habían de garantizar el orden o las colonias para sus veteranos se convirtieron más tarde en ciudades importantes, que habrían de servir de modelo para los castros de la zona. Con los veteranos de la guerra cántabra se fundó, en el corazón de Lusitania, Emerita Augusta, junto al Guadiana, la más importante ciudad romana de Hispania y una de las más sobresalientes del Imperio.  

     

    Dominada por completo la Península, ésta pasó a ser una parte más del Imperio romano. A una historia basada en la descripción de dramáticos sucesos y hechos bélicos le sucede una época de callada historia, en la que los pueblos hispanos aceptan y asimilan la superioridad de la cultura romana. La organización de su aparato administrativo, fuertemente impregnado de orden militar,  así como el activo y próspero comercio facilitado por dicho orden y la progresiva incorporación política de las gentes peninsulares a la órbita de Roma actuaron decisivamente en la profunda transformación de las gentes y las tierras hispanas. A fines del siglo I de nuestra Era se habían remodelado o construido con urbanismo romano la mayor parte de las ciudades de la Península. En ellas, las clases dirigentes primero y luego la mayoría del pueblo habían adoptado el latín, y sólo en sitios muy apartados se conservaban palabras y modismos de las lenguas célticas; en la mayor parte de la Península se vestía, se pensaba y se vivía a la romana. Como consecuencia de la activa incorporación de estas tierras a la órbita de Roma, en el siglo I se produjo un fenómeno no estudiado suficientemente: la incorporación de la Península como pieza clave al modelo productivo de Roma y el aprecio que cobró en ella todo lo hispano. Sucedió también durante esta época una progresiva equiparación entre vencedores y vencidos: la aristocracia senatorial republicana, que había explotado brutalmente los pueblos conquistados en su propio beneficio, dejó paso al imperator, un monarca divinizado al estilo helenístico y con plenos poderes que regía los destinos de su imperio y consideraba cada vez más como iguales a los nacidos en las provincias. La diferenciación fue lógicamente jurídica, pero las leyes continuaron cambiando y concediendo los privilegios de la ciudadanía romana a un número cada vez mayor de gentes. Las provincias hispanas, las Galias y África servían de contrapeso al inmenso poder e influencia de las provincias orientales; derrotado una vez el mundo helenístico de Oriente en las personas de Marco Antonio y Cleopatra, Augusto y sus sucesores buscaron en el peso de occidente el equilibrio que permitiese centrar el fiel de la balanza en Roma.  

     

    El primer paso importante de la romanización consistió en la división administrativa y militar de la península según las normas de Roma. Tras la división del territorio en el 197 a. C. en las dos provincias, Citerior y Ulterior, siguió una nueva reforma administrativa en el año 27 a. C., por la que Augusto fraccionó la Ulterior en otras dos: Bética y Lusitania. Quedaba el Senado al cargo de la administración y explotación de recursos de la tranquila y bien romanizada Bética, mientras la Lusitania, almenada aún de tribus hostiles como las que provocaban por entonces las guerras cántabras, quedaba bajo la tutela del emperador. En el año 216 Antonino Caracalla disgregó de la Tarraconense una nueva provincia, la Gallaecia asturica. Diocleciano buscó asociar al gobierno de la Bética las tierras norteafricanas creando una nueva provincia, la Mauritania Tingitana, cuya identificación con el gobierno bético se deseaba absoluta. Constantino disgregó, a su vez, la Cartaginense de la Tarraconense, documentándose poco más tarde en la Notitia Dignitatum la existencia de una provincia baleárica.  

     

    Un segundo paso estuvo representado por la progresiva unificación de las normas del derecho. Originalmente, las leyes de los pueblos hispanos no fueron abolidas; los legati Augusti, una especie de gobernadores establecidos por el emperador para regir las provincias de adscripción imperial, se asesoraban de un consejo integrado por romanos e hispanos, en las audiencias conocidas como Conventos jurídicos. Con el tiempo, la parcelación y fragmentación del panorama legislativo en la Península hacía extraordinariamente difícil la administración de justicia, por lo que la tendencia fue a imponer paulatinamente el complejo y estructurado Derecho Romano, un instrumento sólido y eficaz que en las postrimerías del Imperio era aceptado prácticamente en todos sus confines. La unificación del régimen municipal venía complicada por la diversidad de estatutos que se habían otorgado como consecuencia de la acción de conquista: había ciudades inmunes, exentas de impuestos y tributos, así como ciudades foederatae cuya rendición había sido pactada teniendo en cuenta en cada caso circunstancias particulares. Asimismo, también existía la calidad de ciudades estipendiariae, sometidas al pago de fuertes impuestos como pago de su insumisión durante la guerra. Algunas otras gozaban del Derecho Latino y otras habían logrado se les concediese el Derecho romano, en un complejo sistema que fue ya unificado por César con su Lex Iulia Municipalis, a la que las ciudades adaptaron sus respectivas particularidades. El sistema cesariano de justicia coincidía en gran parte con el derecho preexistente en Hispania y adquirió, por tanto, un poderoso arraigo: no circunscribía la ciudad al interior de su recinto amurallado, sino que consideraba como una misma unidad la civitas y su territorio circundante, incluyendo las aldeas y los edificios existentes en ellas. La ciudadanía latina era el primer requisito para formar parte de las curias municipales; reunidos en comicios, quienes disfrutaban de tales prerrogativas elegían a los magistrados: duunviros - una especie de alcaldes coelegidos -, ediles y cuestores, encargados de la gestión económico-administrativa. Hacia finales del Imperio, una serie de cambios ocurridos en la mentalidad y en las costumbres llevó a una creciente despreocupación por el desempeño de cargos públicos, que por una parte habían dejado de tener el prestigio de épocas pasadas y por otra conllevaban unas onerosas cargas para el peculio particular de los elegidos, de modo que el sistema de elecciones fue progresivamente sustituido por un régimen autoritario.  

     

    Un tercer paso, importante en el proceso de romanización, fue el de la unificación religiosa. Los romanos supieron conciliar hábilmente la existencia de cultos privados y de un culto público. Ello les permitió no crear más roces que los derivados de la acción militar de la conquista, ya que los invasores no se opusieron a la existencia de cualesquier dioses cuyo culto preexistiese en los territorios invadidos. Parecían entender que la superioridad militar y cultural romana habría de atraer a sus cultos a los pueblos conquistados, como de hecho ocurrió. Las religiones prerromanas, enormemente fragmentadas en multitud de cultos, fueron asimilándose con el tiempo a los distintos dioses del panteón grecorromano, quedando las antiguas divinidades englobadas en deidades helénicas de características semejantes o siendo olvidadas con el tiempo. Desde el poder imperial se promocionó el culto a la figura del emperador, que pese a actuar como un poderoso elemento de cohesión social, nunca pudo concitar el entusiasmo en la esfera de los íntimos sentimientos de las gentes. No obstante, en torno a una religión de estado se construyeron templos, se organizaron colegios sacerdotales, se vertebró la vida religiosa colectiva, los sacrificios ofrecidos a los distintos dioses y las fiestas del calendario. La reforma religiosa impulsada por Augusto permitió cohesionar las principales fuerzas del ejército, la administración y el estado, aunque nunca consiguió satisfacer los anhelos individuales en la búsqueda del elemento divino. Hacia mediados del Imperio esta carencia se empezaba a sentir con enorme fuerza, por lo que proliferaron los estados de ánimo que buscaban en la religión un sentido próximo al de la etimología de la palabra: un modo de religarse a lo divino. Con objeto de satisfacer estas expectativas, en la época de los Antoninos se produjo una nueva remodelación religiosa que buscó conciliar el apoyo a las estructuras del estado con la satisfacción de los anhelos de salvación individual: nació así el mitraísmo, una remodelación teológica de la religión grecorromana que contiene en germen muchos de los rasgos de la religión cristiana. Junto al mitraísmo cobraron, hacia mediados del Imperio, una presencia creciente otras religiones de carácter oriental, como las de Isis, Serapis, Magna Mater, etc.  

     

     

    Un cuarto elemento de romanización que actuó decisivamente desde los comienzos de la conquista fue el sistema de vías y comunicaciones que los romanos construyeron en los territorios conquistados. Hispania, que era casi un continente ignoto para los geógrafos e historiadores que acompañaban a los invasores en los primeros pasos de la conquista, pasó a convertirse en un lugar civilizado en un relativamente corto período de tiempo, y ello se debió sin duda a la previsión de los romanos, que no dudaron en consolidar su presencia en la Península mediante una red de caminos perfectamente vertebrada para servir a los fines de la conquista y explotación del territorio. Su conocimiento ha sido posible gracias a una serie de documentos diversos, como los vasos apolinares, unos recipientes de plata de carácter votivo con las estaciones recorridas a lo largo de la costa mediterránea hasta el santuario gaditano de Hércules, o los itinerarios, primitivos mapas de carreteras con las ciudades y las mansiones intermedias, con las distancias en millas entre ellas, que fueron recopiados varias veces y nos han llegado a través de manuscritos medievales. Las calzadas romanas son un prodigio de ingeniería, cuyas sutilezas y soluciones aún hoy no dejan de sorprendernos: su solidez constructiva, de la que da pruebas el hecho de que muchos tramos se conserven todavía en perfecto estado, no es con todo su rasgo más sobresaliente, sino el modo inteligente en que se llevaron a cabo los trazados, siempre buscando la comunicación más directa, así como la flexibilidad de las soluciones, adaptando la vía a las circunstancias concretas de cada caso y utilizando los materiales de cada zona. La Península se vio beneficiada así por un sistema de vías que conectaba primero los pasos pirenaicos con el Atlántico a lo largo de la costa, para extenderse luego por los valles de los principales ríos: a lo largo del Ebro, y desde allí al del Tajo, buscando la Lusitania, y al del Duero, dando salida alternativa a las explotaciones mineras del noroeste; y una gran arteria occidental, la llamada Vía de la Plata, comunicando Galicia con Mérida y el sur peninsular.  

     

     

    Otro de los elementos fundamentales de la romanización fue la construcción de enormes edificios públicos, hitos que iban dejando constancia a lo largo de los territorios conquistados de la fuerza de la cultura y de la voluntad de poder romanos. Cualquier indígena de los alrededores que se acercase a ver las enormes obras públicas realizadas en las ciudades quedaría inmediatamente convencido de la superioridad de Roma: las canalizaciones de traída de aguas, los acueductos, los puentes, las obras de saneamiento, los faros, las murallas, las basílicas, las termas, las fontanas, los templos, los teatros, los anfiteatros, los circos y un amplio etcétera.  

     

     

    En Hispania se han conservado algunos de los más sobresalientes monumentos legados por Roma a la historia universal: por destacar algunos, recordemos el acueducto mejor conservado del mundo romano, el de Segovia, (acaso por casualidades del destino, ya que la ciudad a la que abastecía no era sino una más, y no de las mayores, ciudades del Imperio).

     

     

    Puentes como los de Alcántara en Cáceres, Mérida y Salamanca; faros como la Torre de Hércules, de la Coruña; murallas como las de Tarragona, Zaragoza, Barcelona o Lugo; teatros como los de Mérida o Segóbriga, anfiteatros como los de Mérida o Itálica, templos como los de Mérida, Tarragona o Elvas, arcos triunfales como los de Tarragona o Medinaceli.  

     

     

    Literatos hispanos del siglo I

     

    Entre los literatos y hombres de letras del Imperio hay una serie de ellos nacidos en Hispania, en cuyas obras hay unas veces reflejos de la geografía y las costumbres hispanas del momento, y en otras se han querido ver rasgos de una característica sensibilidad hispana.

    El más antiguo es Lucio Anneo Séneca, oriundo de Córdoba e hijo de un famoso retórico. Nacido el año 4 de nuestra era, fue senador en tiempo de Calígula, desterrado luego por Claudio y recuperado más tarde por Nerón como maestro y valido suyo durante seis años. Después fue condenado a muerte por aquél. Séneca es el creador de la tragedia romana, hacia la que desde su filosofía estoica estaba especialmente inclinado: sus obras contienen reflexiones sobre la brevedad de la vida, el tiempo, la eternidad, con una preocupación por los problemas éticos característica de los filósofos helenísticos.  

     

    Sigue cronológicamente a Séneca otro literato muy distinto a él: Marco Valerio Marcial, nacido en Bilbilis hacia el año 40. Inclinado hacia la sátira, critica las debilidades humanas en pequeños poemas que hicieron las delicias de la corte de Domiciano.  

     

    Muy distinto en sensibilidad y temperamento fue el cordobés Marco Anneo Lucano, pariente lejano de Séneca y que, como aquel, sirvió en la corte neroniana, fue amigo de Nerón y fue ejecutado por orden del emperador. Sólo conocemos una obra suya, titulada De bello civilis, que narra la lucha entre César y Pompeyo conjuntando la belleza del verso con la exactitud histórica.

     

    Al mediar el siglo IV la Península se hallaba totalmente romanizada, precisamente cuando los elementos de descomposición del fuste político y económico del Imperio comenzaban a fermentar. Las reformas administrativas de Diocleciano y su desarrollo en época constantiniana contienen en ciernes todos los elementos de la sociedad medieval. Algunas de las ciudades de la Península - Mérida, Itálica, Caesaraugusta, Tarragona - se alinean con las más importantes del Imperio; se decía que Mérida, sin duda la más sobresaliente de todas ellas, era la novena ciudad del Imperio, siendo precedida por otras tales como Roma, Constantinopla, Alejandría o Antioquía. Aún hoy, la antigua capital de Lusitania es una magnífica acumulación de moles constructivas romanas, entre las que destacan las murallas, el teatro, el anfiteatro, los foros, los templos, los puentes, los acueductos y el pantano de Proserpina. Y junto a este acervo monumental, destacan la enorme cantidad de inscripciones, públicas y privadas, que conservan la memoria de la ciudad y la rica estatuaria con que las autoridades regalaron a la extrema colonia de occidente,  así como los retratos con que sus notables se inmortalizaron, los bellos mosaicos con que decoraron sus mansiones, sus termas y sus edificios públicos.  

     

     

    Mientras Mérida fue la capital de una región en el más amplio sentido, sede administrativa a la par que centro económico de una región, Tarraco fue esencialmente un centro de la administración romana, destino de buen número de militares y burócratas de Roma en camino hacia otros destinos, y ello se manifiesta sin duda en su perfil más severo, más oficial: destacan sus murallas y su gigantesco pretorio. Un perfil vital más recreativo y más placentero debió ofrecer Itálica, donde se han hallado importantísimas y refinadas obras de arte, estatuas, mosaicos y joyas. La explotación del campo debió dar lugar a cambios importantes a lo largo de los siglos de dominación romana: en los primeros tiempos tras la conquista tienen lugar las centuriaciones, repartos de tierras entre los veteranos del ejército convertidos en colonos; luego, los recursos del agro tienden a explotarse en unidades agrícolas de cierta extensión, y hacia fines del Imperio las villas o unidades de explotación agrícola se transforman sustancialmente. Durante los primeros siglos del Imperio, las villas son explotaciones rurales de perfil austero, como corresponde a su papel de alquerías o edificios dedicados a la explotación de recursos agropecuarios. Hacia el siglo IV la mayor parte de estas granjas sufrió cambios sustanciales: muchas de las villas hispanas experimentaron grandes remodelaciones o se reconstruyeron de nueva planta, se adornaron con mosaicos, se embellecieron con jardines y estatuas, con rico y sofisticado mobiliario. En origen, estas casas de gentes adineradas se convirtieron en los centros naturales de reunión de los aldeanos y gentes de los alrededores, en los días de fiesta.

     

     

    La contribución de Hispania a las necesidades de Roma fue grande: tanto en las primeras fases de la conquista, cuando proveía abundantes medios para sus actividades bélicas, en forma de recursos minerales, mercenarios, esclavos o caballos, como en los años después de implantada la pax romana, en que la Península, transformada en una pieza clave del engranaje económico de Roma, tuvo una extraordinaria relevancia durante los siglos I y II del Imperio, proporcionando a la urbe una ingente cantidad de trigo, aceite y vino, la vigésima parte de las cosechas que producía. Llegadas las ánforas con estos productos, se distribuían entre la plebe de la urbe, y luego eran arrojadas en un punto junto al Tíber, que al acumularse con los años fueron formando el montículo conocido como el monte Testaccio.  

     

    La clase aristocrática que se había desarrollado en Hispania a partir de la gente de las colonias había amasado durante los primeros siglos del Imperio unas considerables fortunas, y muchas de ellas podían compararse con las de la clase senatorial de la misma Roma. No es por ello extraño que una provincia como la Bética comenzase a tener un peso específico grande en el conjunto de tierras conquistadas y que estuviese destinada a desempeñar un papel importante dentro de los designios del Imperio. Ya durante el siglo I algunos hispanos habían desempeñado cargos importantes en el ejército y la administración imperiales, pero es a inicios del siglo segundo cuando se asiste al mayor brillo de las provincias hispanas, al recaer en hombres nacidos en su suelo el honor de regir sus destinos desde la más alta magistratura del Imperio. El principio de sucesión en el trono imperial se había intentado asociar desde su creación a un sistema de herencia familiar, al modo de las dinastías helenísticas orientales; no obstante, ya a mediados del siglo I, este sistema se había visto envilecido por la presencia de intrigas de corte como las que llevaron al poder a Nerón, que lo consiguió en el año 68, conocido como el año de los cuatro emperadores por ser el número de ellos que llegaron a ocupar efímeramente el poder. El acceso de los hispanos al poder se produjo en unas circunstancias distintas, y revestido de una gran dignidad; acaso precisamente por verse accedidos al mismo a causa de una reacción de los sectores militares ante el corrupto régimen de Domiciano. Éste había elevado al trono al anciano Nerva, un general cuya principal actuación al frente del Imperio fue la de proporcionarle un digno sucesor, cosa que hizo al adoptar a Marco Ulpio Trajano, nacido en la Bética de familia hispana. Militar de raza, Trajano recibió el Imperio en su madurez y su obsesión era la de hacer valer las virtudes de los tiempos heroicos, mantenidas un tanto artificialmente gracias a la prolongación intermitente de las campañas guerreras y de conquista. Prácticamente desde Augusto, Roma intentaba hacer realidad el ideal de que un nuevo orden se había establecido en el mundo bajo su égida: era la Nueva Era de paz y prosperidad tanto tiempo esperada, cuya llegada habían pronosticado los filósofos y cantado los poetas. En este mundo reinaría la equidad y la justicia bajo la mano firme y el imperio de razón de Roma.

     

     

    No obstante, las guerras de conquista se habían prolongado más de lo previsto y este panorama de paz habría todavía de demorarse un poco. Trajano era uno de esos hombres que creía en un Imperio grande y poderoso sólo podría sobrevivir avalado por la fuerza de las armas, por lo que dedicó sus esfuerzos a ensanchar y consolidar los límites del Imperio, convencido de poder rechazar hacia el exterior a cuantas potenciales amenazas pudiesen presentarse. Volvió a afirmar la disciplina de los ejércitos, tratando de recuperar las míticas virtudes de la época republicana, alejándolos de las debilitantes costumbres de Oriente: al derrotar a los germanos celebró su triunfo a pie, como a pie permaneció al ser elegido cónsul mientras su antecesor permanecía sentado. Cuidadoso con las instituciones que Augusto había diseñado, reforzó y dio nuevas funciones al Senado, mostrando un estilo de gobernar basado en la austeridad y en la justicia, al tiempo que sus dotes personales y su capacidad de trabajo hacían de él un magnífico administrador de la cosa pública. Pasó la mayor parte de su reinado conquistando las fronteras donde se preveían potenciales amenazas para la seguridad y la estabilidad del Imperio: primero Germania y luego las regiones danubianas, que los relieves de la columna Trajana conmemoran; mientras dominaba y extendía los confines de Roma hacia las tierras de la actual Rumanía, sus eficaces generales hacían valer en otras fronteras el poder incontestable del Imperio: en Arabia y en la Iberia de Asia, mientras él en persona llevaba la guerra a esa región que habría de mantener en pie de guerra en constante desafío al Imperio, el mundo persa, Armenia y Mesopotamia. Tras dominar Babilonia regresó victorioso pero exhausto, falleciendo camino de Roma en el año 117. El principio de la adopción permitió incorporar al gobierno del Imperio como heredero de la máxima magistratura al príncipe que el emperador considerase digno de sucederle.  

     

    Esta norma, fundamental en el éxito del sistema sucesorio en el Imperio, llevó al Imperio a otro hispano, Publio Elio Adriano, lejanamente emparentado con Trajano y también nacido en  Itálica. Buen soldado, forjado en las guerras de Siria,  se reveló desde los inicios de su mandato como un hombre de sensibilidad y visión política muy alejadas de las de su antecesor. Adriano entendió que el Imperio había llegado a los confines del mundo conocido y que ninguno de sus enemigos había podido presentarle batalla duradera, considerando que había llegado el momento de desarrollar en la paz los ideales de esa nueva Edad de Oro que se sentía próxima y que correspondía a su reinado hacer realidad. Amante de la cultura griega, dedicó su reinado a recorrer sus amplios territorios con un sentido universalista de su raza: viajó por Germania, Britania, las Galias, Hispania, África, Grecia, Asia Menor, Egipto y Oriente. Su política ayudó a reforzar las fronteras y a consolidar el sentido de pertenencia de los distintos pueblos que vivían bajo la égida de Roma: a diferencia de Trajano, que emulaba a Augusto tanto en su política austera como en su enaltecimiento de Roma mediante el fortalecimiento de Occidente, Adriano era un sofisticado intelectual que amaba y comprendía a Oriente, que condescendía con los refinamientos de sus antiguas culturas y que no veía amenaza alguna para el Imperio en las relajadas costumbres orientales.

     

     

    Casi al final de su vida, las guerras judías parecieron volverle a una realidad que había permanecido larvada y que premonizaba futuros peligros para la estabilidad de Roma: desde el interior de sus fronteras y desde una óptica de rabioso nacionalismo apoyado en principios religiosos. A su muerte en el año 138 le sucedieron los miembros de la dinastía antoniniana, que en general siguieron su política de disfrute de la pax romana: Tito Aurelio Antonino y Marco Aurelio, no nacido en Hispania pero de familia oriunda de ella, que asociaría en el trono a su hermano Lucio Vero. En general, estos emperadores asistieron a la imposibilidad de mantener una política de paz en el Imperio sin el concurso enérgico de las armas. Marco Aurelio, el emperador filósofo, hubo de combatir en todas partes con frialdad, con resignación y con eficacia: en Asia, en Dacia, en las Galias, en Egipto y hasta en Hispania, que sufrió por entonces la incursión salvaje de algunas tribus que desde el norte de África se habían atrevido a cruzar el estrecho.

     

    Los elementos de disolución que amenazaban la estabilidad del Imperio comenzaban a fermentar hacia fines del siglo segundo, adivinándose el fin de ese Siglo de Oro tan deseado cuyo imperio pacífico había durado bastante menos de un siglo. A la muerte de Marco Aurelio heredó el imperio su hijo Cómodo, un hombre sin las capacidades necesarias para tan alta misión. Debido a ello, se abrió un período en el que se perfilaron germinalmente todos los males que dieron al traste con el Imperio al cabo de dos siglos. Las imperfecciones de la sucesión imperial dieron lugar a intrigas y traiciones en unas camarillas que dejaron pequeñas las sucedidas en las cortes de emperadores de la familias Julio Claudia y Flavia; para acabar de agravar la situación, no fueron mucho mejores los resultados del nombramiento de emperadores a manos de las legiones, que tras procurar efímeros reinados nacidos y acabados por sediciones sangrientas, sumieron a las gentes del Imperio en un profundo desconcierto. El sistema económico de Roma, un capitalismo a ultranza, comenzó a mostrar su peor cara al concentrar las riquezas en unas pocas manos y enfrentarse a una gran cantidad de colonos empobrecidos y esclavos, una potencial fuente de inseguridad para cualquier estado. Algunos emperadores trataron de poner freno al declive en la vida del Imperio,  fracasando en general al carecer de un ideal colectivo que mantuviera la tensión necesaria para mantener un estado tan amplio y extenso. Tal fue el caso de Diocleciano, que puso en marcha una profunda reforma administrativa y económica, acometiendo asimismo un impulso constructivo como no se había registrado en el Imperio desde hacía siglos.  

     

    Uno de estos emperadores a los que correspondió enfrentarse a una tarea superior a sus fuerzas, la de tratar de regir un imperio que hacía agua por todas partes, fue Teodosio, natural de Hispania. Pertenecía a una de las ricas familias terratenientes de la Meseta y era hijo de un general prestigioso, el comes Teodosio, asesinado en una de las revueltas por la sucesión imperial. Teodosio se había ganado una reputación militar merecida cuando combatía en Britania a las órdenes de su padre, brillo que le hizo retirarse a Hispania cuando aquél fue asesinado, probablemente buscando la protección que le brindaba su terra natalis. Allí fueron enviados en su busca emisarios de Graciano quien, derrotado por los alamanes cerca de Estrasburgo, decidió asociarle a la sucesión con el título de Augusto, encomendándole la Grecia Oriental y parte de Iliria. Las guerras religiosas desgarraban el imperio como consecuencia de los distintos credos, polarizados en católicos y arrianos, que dividía a la misma familia imperial: mientras Graciano era católico, su hermano Valente había optado por el arrianismo. Los hunos presionaban sobre los romanizados germanos de las fronteras, obligándoles a internarse y esparcirse por los territorios del Imperio. Teodosio concentró su ejército en Tesalónica y expulsó brillantemente a los godos de Tracia. Con ayuda de Graciano logró restablecer la supremacía romana, estableciendo a los godos en la ribera meridional del Danubio y comprometiéndoles a defender al Imperio en su calidad de foederati. Esta contemporización con los godos no fue del agrado de algunos sectores de Occidente, que encabezados por el hispano Magno Clemente Máximo, gobernador de Britania, se sublevaron proclamándole emperador y asociando a su hijo Víctor al trono. Graciano, abandonado por sus tropas, fue muerto en las Galias, por lo que Valentiniano II -hijo del emperador muerto- y Teodosio hubieron de pactar momentáneamente con Máximo y su hijo. Valentiniano se apoyó en Teodosio, hombre fidelísimo a la legitimidad sucesoria, quien derrotó a y encarceló a Máximo, ejecutado luego en Aquileya. El imperio quedó dividido entre los dos césares, Valentiniano II en Occidente y Teodosio en Oriente, entrando triunfalmente juntos en Roma en 389.  

     

    Al morir Valentiniano combatiendo en las Galias, donde había acudido a sofocar una sedición, quedó el imperio entero en manos de Teodosio, quien sería el último emperador que ostentase en solitario el trono. Teodosio llegó al poder en un momento en que las decisiones de estado y otros eventos políticos y militares giraban en torno a la religión. Declaró a la religión católica, seguidora de los postulados aprobados en el concilio de Nicea, como la única verdadera con exclusión de cualquier otra, condenando específicamente a los arrianos. El problema de los bárbaros era para entonces endémico en el Imperio: Teodosio les mantuvo a raya con la fuerza de sus ejércitos, incorporándolos en parte como tropas asociadas al servicio de la causa de Roma. Su sensatez como gobernante, de la que dio pruebas en todo momento, le llevó a dividir el reino en dos partes, una necesidad que se venía sintiendo en el Imperio desde hacía tiempo y que se había manifestado en la creación de Constantinopla: asignó a cada uno de sus hijos una parte, la oriental a Arcadio y la occidental a Honorio.