Historia de España 2: Época prerromana


    Edad de los metales y época prerromana (1000 a.C.- 218 a.C)

     

    El Neolítico enlaza sin violencia con la época histórica a través de su período final, conocido como Eneolítico, al que pertenecen los monumentos funerarios con cámaras sabiamente construidas y un avanzado desarrollo social. La mayoría de los autores fecha estas construcciones entre 2400 y 1600 antes de Cristo, fecha en la que ya existen en varios lugares poderosas y refinadas civilizaciones: en la zona de Anatolia y oriental había estados con reyes y héroes de los que ha quedado constancia histórica; en Egipto se sucedían las dinastías de faraones cuyos hechos conocemos, se construían monumentos grandiosos, se desarrollaban las artes y la escritura; en Mesopotamia se construían palacios y templos inmensos, torres y jardines, sistemas de riego sofisticados, se perfeccionaba la metalurgia y la orfebrería, la cerámica y la vidriería. En la cuenca del Egeo había también ciudades y reyes, héroes y navegantes, que habrían de lanzarse hacia Occidente en busca de materias primas para sus industrias y su arte. Las tierras de la Península constituían entonces el extremo e ignorado occidente, el confín del mundo conocido; atravesar el Mediterráneo en aquella época era, sin duda, una gesta equivalente en riesgos al descubrimiento de América por Colón tres milenios más tarde. Los hombres del oriente del Mediterráneo buscaron el otro extremo del mar, y de sus periplos conservamos algunas noticias, constancia histórica encubierta entre mitos y leyendas. Mediante estos contactos comerciales cabrá a la Península la suerte de ser incorporada a un tipo de vida superior; durante esta época, el desarrollo de nuestras zonas costeras meridionales llegará a ser más avanzado que el de las tierras del Mediterráneo intermedias entre Grecia y la Península Ibérica.    

     

    Vivía ésta entonces en un estadio eneolítico, en el que empezaban a definirse, gracias a los estímulos colonizadores, puntos con un desarrollada cultura. La zona más destacable por su muy caracterizada cultura material fue descubierta por un insigne arqueólogo, Luis Siret, que relacionó los útiles de piedra tallada de algunos poblados de la zona de Almería y los de Hissarlik, la Troya primitiva. Este paralelismo no se limitaba a los utensilios líticos: asimismo las cerámicas, las fusaiolas para hilar y los ídolos de los hombres almerienses parecían tener una relación de parentesco con las culturas del Egeo. Pero no fueron éstos los únicos contactos que dicho investigador supo ver entre la cultura eneolítica de Almería y otros lugares del Mediterráneo: ciertos útiles almerienses eran también muy semejantes a los de Egipto: los vasos de piedra, el marfil de elefante, los huevos de avestruz..., todo indicaba su procedencia oriental. Las ideas de las fortificaciones parecían depender asimismo de Oriente, de modo que algunos investigadores sugirieron que los dólmenes tenían igualmente un origen oriental, buscando sus raíces en monumentos funerarios egipcios como la mastaba; en efecto, los dólmenes de falsa cúpula tienen un paralelismo con monumentos de la zona del Egeo que difícilmente pueden ser casuales.

     

     

    No sorprendentemente desconocemos el momento exacto en que comienza este proceso de colonización en nuestra Península, así como el origen de sus primeros protagonistas; acaso se produjo una progresiva llegada de pueblos navegantes y comerciantes, quizá cretenses, que harían llegar al extremo occidente unos primeros estímulos comerciales. A partir de entonces, posiblemente se fuese desarrollando una corriente de influencias -no necesariamente directas- que harían llegar a las costas hispanas, a cambio de metales y otras materias primas, las finas importaciones que se encuentran en los yacimientos almerienses. Como quiera que fuese, en Oriente se formó una leyenda sobre los reinos del extremo del mar y las gentes que construyeron las fortificaciones y dólmenes mencionados: la imagen de un paisaje apenas entrevisto y remoto es recogida siglos más tarde en algunos textos de época histórica. Una inscripción asiria del rey Asharadón (680-668 a.C.) menciona entre los reyes en medio del mar, los del país de Tarsis, la legendaria capital hispana, y en la misma Biblia hay referencias de las naves que comercian con Tarshish, entre ellas una, de Isaías, de hacia fines del siglo octavo antes de Cristo. En la Odisea se reflejan magistral y sugestivamente los temores y misterios que rodeaban la navegación fuera de las rutas habituales, hacia los remotos confines de Occidente: relatos de marinos, confidencias de puerto y fantasías de viajeros se dan cita en el libro para configurar el panorama incierto y brumoso que de la navegación lejana se tenía en aquellos días. También Hesíodo, hacia el 700 a.C., se hace eco de antiquísimas leyendas sobre un reino mítico en el que reinaba Crisaor y luego su hijo Gerión, el de tres cabezas, pastor de ganados, al que llegaría Hércules en sus peregrinaciones para darle muerte. Leyendas que nacen como consecuencia de una acción continuada de navegaciones en busca de descubrimientos; a veces, para significar lo proceloso de los viajes hacia lo desconocido; en otras, para proteger prósperos mercados. El comercio que se desarrolla en esta época tiene en su origen, como todos los comercios, en apetencias materiales. Los principales estímulos para estas apetencias fueron los metales, hasta el punto de que la intensa actividad marinera y cultural hacia el extremo occidental no hubiera tenido lugar de no haber existido el contemporáneo acicate de la metalurgia.

     

    Es difícil establecer el momento y las circunstancias exactas de los comienzos de la metalurgia, aunque probablemente tuvo lugar en tierras asiáticas, donde se han hallado las piezas más antiguas. El cobre, mineral muy abundante en la naturaleza, necesita amalgamarse con otros metales para cobrar consistencia y flexibilidad; su hallazgo, pudo producirse de forma casual al introducir en el proceso de fusión algún otro mineral como el antimonio o el estaño. Poco a poco se comenzó a fundir de una forma artesanal, vertiendo el metal en moldes de piedra previamente preparados para conformar los objetos, normalmente armas, útiles y elementos de adorno. Éstos se convertirán en útiles valiosos y apreciados, símbolos de riqueza y poder susceptibles de ser reaprovechados por su valor intrínseco; al suscitar los deseos de posesión de las gentes, darán lugar a un activo comercio en su busca, cuyos abundantes restos materiales han llegado hasta nosotros. Se abre así en la Península el período conocido como la Edad del Bronce, caracterizado por unos activos intercambios comerciales, una creciente fortificación de los poblados y una progresiva complejidad en sus formas culturales. La explotación de los yacimientos estanníferos daría lugar a unos sofisticados sistemas de transacción y comercio que sin duda incidieron en el desarrollo de las leyes y relaciones entre pueblos.  

     

     

    La cultura del vaso campaniforme

     

    Uno de los fenómenos más sugestivos de la arqueología de la Edad del Bronce es el conocido como cultura del vaso campaniforme. En un momento relativamente corto, todo el suelo de Europa, desde Polonia hasta España, es recorrido por el pueblo creador de este vaso característico, llamado así por su forma acampanada, que se decora normalmente con una técnica abigarrada y perfecta a base de bandas horizontales y relacionada con la cerámica incisa del Eneolítico. Menos uniformes que la cerámica de esta cultura son los restantes utensilios que la acompañan: normalmente objetos de bronce de pequeño tamaño, entre ellos puñalitos, puntas de flecha, punzones y leznas, junto a una característica placa o muñequera de piedra para proteger los dedos del arco al disparar la flecha. Los hombres del vaso campaniforme se entierran a menudo en dólmenes, aunque parecen en general ser posteriores al primer momento del mundo megalítico. Su recorrido por Europa en un relativamente corto lapso de tiempo ha dado lugar a las más diversas teorías sobre sus orígenes y actividades: se piensa que debieron ser bandas móviles de inmigrantes, pastores y metalúrgicos, que a semejanza de los gitanos en épocas históricas, aproximadamente entre el 2000 y el 1500 a.C., buscaron sus formas de vida acompañando a los grandes pueblos surgidos en torno a la explotación metalúrgica.

     

     

    La cultura más característica de la Edad del Bronce se ha desarrollado en la zona costera levantina, y su establecimiento más sobresaliente es El Argar, en la provincia de Almería, que ha dado nombre a la cultura del Bronce en la zona. El yacimiento se encuentra situado frente al mar, sobre una colina en la desembocadura del río Antas, en las estribaciones de Sierra Cabrera. En este lugar dos ingenieros belgas, los hermanos Siret, hallaron, a fines del siglo pasado, algunas construcciones y casi un millar de sepulturas con abundantes ajuares funerarios. Distinguieron entre ellos dos tipos de sepulturas, una más arcaica que utiliza - o reutiliza - los dólmenes para enterrarse en grupos, y otra más reciente caracterizada por enterramientos individuales en cistas hechas con lajas de piedra. En los primeros, que parecen corresponder a una fase más antigua, existen ajuares con pequeños objetos de cobre con algo de arsénico o antimonio, acompañados de una pobre industria lítica en comparación con las bellas piezas talladas del Eneolítico; en los enterramientos individuales existen objetos pesados y compactos, hechos de auténtico bronce a base de cobre y estaño. Las piezas de bronce más comunes son las armas de pequeño tamaño, como espadas, puñales y alabardas, junto a anillos, brazaletes y otros objetos de uso personal.  

     

     

    Frente a las sabias técnicas arquitectónicas de la cultura de Los Millares, las construcciones argáricas significan en muchos aspectos un retroceso: no se documentan ya las casas construidas con adobes de barro en torno a un pilar central, ni las altas torres con cúpula interna por aproximación de hiladas, ni los complejos sistemas defensivos; en su lugar, la defensa es provista por lo arriscado de los emplazamientos. Frente a las cerámicas ricamente decoradas del mundo campaniforme, existen ahora vasos lisos, de formas pulidas y líneas elegantes, como la copa y la tulipa. Se desarrolla en la cultura del Argar un aspecto casi inexistente en el mundo anterior: la orfebrería del oro, de la que existen bellas piezas como anillos, brazaletes y diademas. El conocimiento de la cultura de El Argar ha dado lugar a la definición de una serie de variantes culturales del mismo período, descubiertas en los últimos años; destacan entre ellas la cultura del Bronce Valenciano y la de Andalucía Occidental.  

     

     

    Arquitectura megalítica balear

     

    En un momento difícil de precisar se desarrolla en Baleares, especialmente en las islas de Mallorca y Menorca, una de las culturas más caracterizadas de la Edad del Bronce, con un carácter propio, monumental y vistoso, desarrollado de manera autóctona debido a su insularidad. Esta cultura, que se conoce como talayótica -al ser el talayot uno de sus monumentos más característicos- aparece en un momento difícil de precisar, recubriendo las islas de monumentos ciclópeos. Estos monumentos están realizados con unas técnicas constructivas desconocidas hasta el momento en Baleares, consistentes en el empleo de enormes bloques de piedra de gran peso, dispuestos directamente unos sobre otros, sin trabazón alguna; son característicos los poblados, murallas, viviendas y monumentos funerarios. Los poblados son grandes recintos fortificados, que se encuentran por Mallorca y Menorca en desigual estado de conservación. Por lo general, un poblado está constituido por un perímetro irregular cerrado con gruesa muralla, flanqueado por diverso número de talayots a modo de torres de defensa arbitrariamente distribuidos. Las plantas de las casas son tendentes a la forma rectangular o cuadrangular; la cubierta de estas habitaciones, que normalmente se encuentra caída, estaba originalmente constituida por grandes lajas de piedra rectangulares apoyadas en las paredes. Característicos de Menorca son los monumentos conocidos como taulas, en mallorquín 'mesa', que es, en efecto, una mesa de grandes proporciones, formada por dos losas en forma de T, una hincada en el suelo y otra dispuesta horizontalmente sobre ella. Este tipo de construcciones aparece una sola vez en cada poblado y generalmente en el centro del mismo. Se han sugerido varias finalidades para este monumento: desde un carácter puramente constructivo hasta mesas de altar para descarnamientos presepulcrales. Los monumentos funerarios son de varios tipos: navetas o construcciones en forma de nave invertida; sepulcros subterráneos, largas cavidades excavadas en la roca blanda de Mallorca, y talayotes, grandes torres de defensa a la vez que lugares de enterramiento.

     

     

    La gran personalidad de la cultura balear se manifiesta asimismo en sus objetos arqueológicos, de difícil clasificación e interpretación dada su singularidad; son especialmente destacables sus armas y esculturas de bronce. Este metal parece haberse perpetuado como favorito a lo largo de la Edad del Hierro, ya que las armas de este metal constituyen todavía hallazgos esporádicos; de hecho, la cultura talayótica, que tiene sus raíces en la primera Edad del Bronce, continúa con pocos cambios en lo esencial hasta época romana: sus grandes poblados fortificados siguieron teniendo sentido práctico en el aislamiento que imponía la insularidad, y los modos de vida de los pueblos pastores que los habitaron no cambiaron en lo sustancial hasta la llegada de los colonizadores romanos.  

     

    En torno al año 1000 antes de Cristo se producen importantes cambios en Europa que afectan de una manera fundamental a la Península Ibérica. En esta época tiene lugar la aparición de la metalurgia del hierro y la aparición de la escritura, con lo que se puede considerar que, en el primer milenio antes Cristo, estas tierras entran plenamente en la época histórica. Tras un período de no bien explicado aislamiento en que las formas materiales de la cultura del Bronce se estancan en la Península, en especial en las zonas del interior, en el norte y oriente de Europa la metalurgia evoluciona hacia soluciones más útiles y perfectas.  

     

    Prácticamente todos los investigadores hacen coincidir el inicio de la Edad del Hierro en nuestro país con las invasiones europeas. Desde el sur de Alemania y por el este de Francia llega a la Península la cultura de los túmulos, caracterizada por sus cerámicas excisas, sus espadas y hachas de un bronce de buena calidad, magníficamente moldeado. Mientras elementos de esta primera invasión indoeuropea penetran en sucesivas oleadas -primero hasta el valle del Ebro y luego hasta las tierras del interior-, la zona andaluza se prepara para ser escenario de una de las culturas más caracterizadas y más ricas de la Prehistoria peninsular, la civilización tartésica. La invasión étnica mejor documentada en la Prehistoria española es la de los pueblos celtas, procedentes de las zonas boscosas del sur de la actual Alemania. Dos tribus indoeuropeas, una de gentes altas, dolicocéfalos, rubios y de piel blanca, y otra de talla más reducida, braquicéfalos y cabellos castaños, penetran en la Península; forman parte del amplio grupo de pueblos germánicos que difunden por Europa el uso del hierro. Guerreros y pastores trashumantes, tenían un sistema social dirigido por unas clases aristocráticas con un sistema de jefatura moderado por las asambleas, en las que participaban las mujeres. Las sucesivas oleadas de entrada de estas gentes en la Península se han clasificado según los vestigios arqueológicos en varias etapas: la de los túmulos, la de urnas, las de Hallstat y de La Tène, previa a la conquista romana, cada una de ellas con sus armas de hierro y sus objetos de bronce característicos, junto a unas peculiares formas cerámicas con decoraciones propias.  

     

    Pero el primer milenio antes de Cristo no sólo es importante por la introducción en la Península de avances tan significativos como la escritura o el hierro; lo es asimismo por la incorporación definitiva de las tierras peninsulares a las grandes corrientes del comercio y la civilización, fruto de las cuales será en primer lugar el establecimiento de colonias - primero púnicas y luego griegas - y finalmente por la anexión del territorio a la órbita de Roma.  

     

    Tenemos una visión parcial y un tanto difuminada de la población en la Península a comienzos del primer milenio antes de Cristo. Por una parte, unos pueblos retardatarios de la Edad del Bronce ocupan buena parte del territorio, aunque mucho más profusamente las zonas costeras del Sur y del Levante peninsular; luego, unas zonas interiores, sin duda mucho más boscosas que las actuales, donde existía una diversidad de pueblos y grupos dedicados a la agricultura y a la ganadería. Para algunos investigadores, el origen de los pueblos ibéricos se hallaría en estas gentes que habían permanecido en España desde la Edad del Bronce, aunque sufriendo un fuerte proceso de aculturación de origen mediterráneo durante los siglos VIII y VII a.C. En esta época atraviesan los Pirineos importantes contingentes de población céltica, que alcanzan el curso del Duero y del Ebro y que luego se extienden por toda la Meseta central y por el litoral del norte y del oeste. La toponimia ha conservado multitud de nombres con raíces célticas en la Península, a través de los cuales han podido trazarse las vías de penetración de estos pueblos en su avance hacia el oeste. Términos como los de Augustóbriga, Nertóbriga, Contebria o Segóbriga parecen indicar el avance de estos invasores en su penetración, que parece haberse desviado de las zonas costeras levantinas, donde a la sazón existían pueblos fuertes y bien organizados. Junto a esta hipótesis hay que puntualizar que los pueblos celtas, debido a su carácter ganadero y guerrero, parecen haber preferido las zonas amplias y ricas en pastos de la Meseta Central frente al paisaje más propicio a la agricultura y el comercio de la zona costera levantina.  

     

    Mientras en el interior de la Península se van asentando estos pueblos ganaderos, consolidando la base demográfica de la Península con sus fuertes contingentes de población, en las zonas costeras mediterráneas se refuerzan las relaciones comerciales y los vínculos culturales con los pueblos navegantes del otro extremo del mar gracias al establecimiento de colonias permanentes y estables, dedicadas en principio a fines comerciales y luego complementadas con la preelaboración de ciertos productos y materias primas para la exportación.  

     

     

    La colonización fenicia

     

    El pueblo fenicio desempeña un papel fundamental como intermediario entre las culturas de Oriente y la Península. Su papel en el desarrollo del comercio y las relaciones entre pueblos fue decisivo, dejando en ciertas partes de España, como la Baja Andalucía o Ibiza, una impronta decisiva y duradera. Desde los valles y terrazas del Líbano, los fenicios se vieron desde antiguo abocados naturalmente a las relaciones comerciales: su posición intermedia entre poderosos pueblos mediterráneos, la precariedad de su agricultura, sus bosques de cedros, su habilidad marinera y su temprana vocación mercantil llevaron a estos pueblos a la navegación por el Mediterráneo. Los fenicios parecen haber aceptado de buen grado el papel histórico que les correspondió, el de consolidante de las relaciones comerciales y pacíficas entre otros pueblos.  

     

     

    Sus navegaciones en busca de contactos comerciales son tempranas y relativamente rápidas, y logran crear una red de relaciones con diversos pueblos mediterráneos, algunos de ellos muy belicosos y a menudo enfrentados entre sí. En sus periplos en busca de mercados pronto exploran hasta los confines del mundo conocido: recorren la costa norteafricana hasta el Atlántico, acaso arribando a las Canarias, mientras que por el norte llegan a las Islas Británicas. Hábiles negociantes, comienzan una serie de contactos con los distintos pueblos costeros a fin de obtener metales y otras materias primas que intercambian por bellos objetos manufacturados: espejos y navajas de bronce finamente ornamentados, joyas, objetos de tocador, marfiles, telas, pequeños objetos de barro vidriado y delicadas piezas de orfebrería. Al comienzo, tenían un curioso sistema de transacción que consistía en depositar en un punto neutral, como un islote, una determinada cantidad de objetos elaborados, a continuación de lo cual regresaban a su barco y esperaban a que los indígenas pusieran enfrente una cantidad determinada de metales. Cuando éstos se retiraban, los fenicios descendían de nuevo y retiraban parte de su propia mercancía si consideraban que el metal ofrecido no era suficiente; a continuación, los indígenas retiraban parte de sus propios lingotes, y la operación se repetía una y otra vez hasta que una de las dos partes tomaba el lote de la contraria, momento en que la otra hacía lo propio y el trato se consideraba cerrado. Es de destacar que en este sistema de trueque ninguna de las partes tocaba la del otro hasta el último momento. Este rudimentario sistema de intercambios fue dando paso progresivamente a colonias comerciales estables, de modo que a comienzos del siglo VIII, los fenicios contaban con un considerable número de establecimientos comerciales y fabriles en la parte occidental del Mediterráneo.  

     

    Los más antiguos testimonios históricos remontan la fundación de Cádiz al 1100 antes de Cristo, aunque esta fecha no ha podido corroborarse con documentación arqueológica hasta tres siglos más tarde. La fundación de Cádiz respondía a la necesidad de conectar en un solo punto la navegación hacia el Norte, Sur y Este, y su emplazamiento fue tan certero que con el tiempo habría de desempeñar asimismo un importante papel en el comercio hacia Occidente, tras el descubrimiento de América; la colonia servía también de puerto de arribada por el interior para los metales de los ricos yacimientos de la comarca de Huelva. Como era costumbre en los primeros momentos de la colonización, la colonia se establece sobre dos islas, hoy unidas, de Cádiz y de Santi Petri. Poco después se establecieron otras colonias fenicias en el Mediterráneo, las de Sexi (Almuñécar), Malaca (Málaga) y Abdera (Adra, Almería), tanto en Andalucía oriental como en la costa levantina. Probablemente, la fundación de Cádiz no sólo estuvo presidida por un carácter comercial y mercantil; sin duda los factores religiosos influyeron a la hora de erigir la ciudad: un enclave en el único confín definido del mundo, el non plus ultra occidental del continente. Por ello, el santuario de Melkart, nacido con la ciudad, fue uno de los más afamados santuarios del mundo antiguo, que todavía en época romana atraía a numerosos peregrinos y que recibió la reverente visita de Julio César.  

     

    Los escasos restos arquitectónicos del sistema colonial fenicio consisten en los deteriorados hipogeos gaditanos de Punta de Vaca y Punta de Tierra, estructuras adinteladas de carácter funerario, y las estructuras dedicadas al almacenamiento de Toscanos. Las necrópolis son mejor conocidas que los espacios de habitación, al hallarse mejor conservadas: son notables las gaditanas, conocidas desde antiguo y en las que se hallaron magníficos ejemplares de sepulcros antropomorfos con cubierta tallada en bajorrelieve, en los cuales representaban la cabeza y los brazos del difunto. Otras necrópolis importantes en las que se han realizado excavaciones en los últimos años son las de Almuñécar, del Morro de la Mezquitilla, Villaricos y especialmente las de Ibiza. Otra de las manifestaciones características de la plástica fenicia son las estatuillas de terracota ebusitanas, de unos 30-40 cms, con una decoración de filigrana finamente modelada en arcilla. Otra de las artes más sobresaliente del genio fenicio es la orfebrería, que, destinada a satisfacer las exigencias de sociedad muy refinada, inspira sus temas ornamentales en Egipto y Caldea, y desarrolla la filigrana, el calado y el repujado de oro con una extraordinaria perfección técnica.  

     

    Los vaivenes políticos de Oriente afectaron a las ciudades púnicas de la costa libanesa, que en distintos momentos tuvieron una menor intensidad en sus transacciones comerciales con Occidente, y fueron seguidos en sus rutas por los griegos, que llegan a la Península a fines del siglo VII. Herodoto ha narrado en un relato cómo se produjeron los primeros contactos, al describir cómo un marino de Samos, que se dirigía a Egipto, fue desviado de su ruta por vientos adversos y empujado hasta el extremo de Occidente, más allá de las columnas de Hércules, arribando a las costas de Tartessos. Allí fue recibido amigablemente por sus habitantes, cuyo rey, Argantonio, le regaló un copioso presente de plata con el que pudo regresar rico a su país. Estos relatos legendarios registran la existencia de unas relaciones comerciales que se han visto atestiguadas por el hallazgo arqueológico de un casco de bronce del siglo VII en el río Guadalete. De hecho, ya durante el siglo anterior los griegos habían seguido las rutas comerciales fenicias e iniciado su propia colonización por las tierras ribereñas del Mediterráneo. En principio les movió la escasez de recursos agrícolas y los excedentes demográficos, que cada poco tiempo obligaban a echar a suertes quiénes de entre los jóvenes debían marchar. Las colonias griegas, cuyos orígenes se debieron a la necesidad de hallar tierras para la explotación agrícola, derivaron pronto hacia el comercio: muchas de las virtudes de este pueblo guerrero se revelaron idóneas para actividades pacíficas y mercantiles. Excelentes navegantes, sus naves de gran calado surcaban los mares en busca de los necesarios metales y para distribuir a su vez productos manufacturados por sus hábiles artesanos: cerámicas, armas y otros objetos suntuarios de gran calidad.

     

     

    Estrabón, haciéndose eco de antiquísimas leyendas transmitidas de unos historiógrafos a otros, refiere que un contingente de dorios de Rodas, después de la guerra troyana, llegó a las islas Gimnesias, -las Baleares-. Allí sus habitantes vivían desnudos, convertidos en hábiles honderos que llevaban una vida miserable: el panorama que había por entonces en las islas era el de una sociedad ganadera que no había dejado sus hábitos desde la Edad del Bronce; de ahí los hábiles honderos baleares que habrían de servir siglos más tarde como contingentes mercenarios en el ejército de Roma. Más tarde, antes del cómputo de las Olimpíadas, iniciado en el 776 a.C., otros marinos rodios llegaron a la Península y fundaron Rodhe, la actual Rosas; en un momento en que la actividad comercial fenicia se hallaba en un receso, grupos de navegantes focenses llegan a Tartessos, cuyo rey les ofrece tierras, aunque declinan la oferta para fundar en la costa ligur la ciudad de Massilia o Marsella. Tras la fundación de Cartago en el 800, resurge un renovado imperio comercial avalado cada vez más por la fuerza de las armas, y se produce una retirada griega del comercio con las privilegiadas tierras de Tartessos. Argantonio firma un tratado con los focenses que les excluye de la navegación y el comercio más allá de las columnas de Hércules; tratado de división de zonas que confirma el papel protector de Tartessos hacia los pueblos púnicos, con los que venía comerciando desde hacía siglos, aunque no significa que no desease conservar la amistad de los griegos; de hecho, Argantonio, con motivo de una amenaza de los persas a Lidia, envió dinero a Focea para que pudiese costearse una potente muralla. Desde entonces, la zona costera peninsular es escenario de las luchas entre unos y otros por el control de los mercados: durante los siglos VII y VI, la talasocracia focense expande su presencia en la costa oriental de España mediante una serie de establecimientos a la que los cartagineses afincados en Ibiza intentaron oponerse. Los tres bastiones de este imperio económico fueron Ampurias, Hemeroskopion -relacionada tradicionalmente con Denia- y Mainake, en la costa malagueña.  

     

     

    Ampurias

     

    Ampurias es, por excelencia, la fundación griega más característica de España. Su mismo nombre alude a la actividad de la ciudad, la de emporion o mercado, y sobre ella conservamos noticias bastante precisas a través de los historiadores y geógrafos, tanto griegos como romanos. Varios autores se refieren a una doble ciudad, con dos barrios en los que residían, respectivamente, griegos e indígenas, separados por un muro. Existieron dos establecimientos sucesivos, la Paleópolis, sobre un promontorio que era entonces una isla, hoy unida a tierra, y la Neápolis, junto a la costa. Las excavaciones sistemáticas llevadas a cabo en Ampurias han descubierto la puerta de la ciudad y parte de la muralla de la Neápolis, una zona amesetada en la que se dispuso un templo con un edículo dedicado a Asclepio, así como muchas de las casas de la ciudad en época romana, de las que proceden algunas esculturas de gran calidad técnica. Entre estas estatuas destacan una Victoria alada, un relieve con esfinges, una cabeza de Artemisa y una estatua de busto redondo con el dios Esculapio. A la potente colonia de Ampurias llegaban abundantes objetos fabricados en Grecia, gracias a los cuales ha podido estudiarse la cronología de las distintas fases de la ciudad. Algunos vasos de tipo chipriota, calcídico, rodio y jonio de la primera mitad del siglo VI a.C. se han localizado en la Paleópolis; estos objetos fueron sustituidos en gran medida a lo largo del siglo VI y V por cerámica ática de distintos estilos.

     

      

    La Hispania prerromana

     

    La composición étnica de la Península a mediados del primer milenio antes de Cristo reunía una serie de pueblos llegados en distintos momentos, más o menos unificados por las culturas de la Edad del Hierro. Los grupos de cultura celta la conservaron esencialmente en el noroeste, donde mantuvieron unos rasgos muy parecidos a los de los grupos centroeuropeos, con unos poblados fortificados característicos, conocidos como citanias o castros, núcleos originarios de gran número de poblaciones durante el medievo. Las citanias portuguesas y gallegas son importantes centros de población pastoril, con cierta monumentalidad en sus obras de fortificación, calles pavimentadas con grandes losas y grupos de casas circulares, con otras dependencias también circulares dedicadas a establos y graneros. Las formas de estas casas circulares recuerdan las cabañas y chozas contemporáneas, como las pallozas de la sierra de Cebreros. Estas viviendas elementales contaban con un hogar y se cubrían con una techumbre sostenida por un poste central, rematado con ramaje cubierto con paja, como tantas casas lugareñas de Castilla durante el período medieval. A la entrada de las viviendas a menudo se disponían piedras esculpidas con entrelazos y motivos geométricos ornamentales.

     

    En una gran extensión interior de la Península -desde el Tajo hasta las montañas del Norte, desde las sierras de Guadarrama hasta Tras-os-Montes- se extiende otra cultura de tipo céltico, o fuertemente impregnada de celtismo. Sus habitantes pertenecieron probablemente a un grupo étnico diferente de los pobladores del noroeste, o acaso su cultura se definió de una forma diferente al situarse en unas circunstancias climáticas y medioambientales diferentes que darían lugar a una economía distinta y a sistemas sociales diferentes. El yacimiento más caracterizado de esta cultura de la Edad del Hierro es el de Las Cogotas, en la provincia de Ávila; como otros poblados de la época, se trata de un recinto fortificado, con cierta complejidad defensiva, cuyos habitantes usaron cerámica adornada con incisiones y ricas armas de hierro, esculpieron toscas esculturas de toros o de verracos, a las que se ha atribuido una finalidad funeraria o conmemorativa, y se enterraron en grandes necrópolis en las que practicaban la incineración.  

     

     

    Sus principales actividades parecen haber sido la agricultura y la ganadería, con la caza como ocupación complementaria. Algunos de estos poblados parecen tener una cierta especialización en las actividades guerreras, controlando los caminos y pasos ganaderos. Las circunstancias geográficas e históricas hicieron que en el litoral levantino y en el sur de la Península el modo de vida fuera sensiblemente diferente al de los pueblos de la Meseta. En las comarcas levantinas y meridionales tenían todavía un enorme peso los descendientes de los mineros y agricultores que construyeron los monumentos megalíticos en la Edad del Bronce. La feracidad de la agricultura y el potencial de las explotaciones mineras seguían suscitando las apetencias de pueblos del Oriente y atrayendo hacia sus costas a gentes de culturas refinadas. La vida ciudadana se desarrolla preferentemente en estas zonas, tras el decisivo influjo comercial, político y religioso ejercido por las colonias púnicas: en Andalucía existieron ciudades de gran porte, equiparables a las existentes en el oriente del Mediterráneo. Mientras en las zonas del interior existía una mayor independencia política por parte de las distintas ciudades, en las zonas dominadas por el influjo tartésico había una mayor vertebración política y un arte más desarrollado.

     

     

     

    El arte ibérico

     

    El arte es el vestigio más elocuente de la cultura ibérica, con obras de valor excepcional que forman parte de nuestro patrimonio más representativo. Como es corriente en realizaciones prehistóricas, se han conservado bastante mejor los restos arquitectónicos de sus monumentos funerarios que los de sus construcciones cívicas. La cámara sepulcral de Toya, o los monumentos funerarios de Pozomoro o Porcuna, en las provincias de Albacete y Jaén, son algunas de las construcciones que permiten hacernos alguna idea de la monumentalidad y perfección de estos pueblos. Estructuras equilibradas y complejas, con muros de sillarejo o sillares bien labrados, de formas desiguales y ajustados unos a otros para dar consistencia al conjunto.

     

    Las esculturas ibéricas son las joyas de estas realizaciones arquitectónicas; las representaciones de divinidades no son lo más común, pero son por el contrario muy frecuentes las esfinges, toros arrodillados, leones, estatuas antropomorfas, etcétera, que formaban parte de las torres o monumentos funerarios complejos con el fin de proteger los restos del hombre inhumado en ellas. Otro tipo de esculturas en las que estos pueblos manifiestan su genio plástico son las esculturas en piedra o bronce de pequeño tamaño, exvotos ofrecidos a una divinidad en reconocimiento por un favor prestado. Recientemente se han elaborado teorías muy sugestivas sobre la escultura ibérica, destacando un componente neohitita en su origen, frente a la teoría tradicional que veía en este arte una manifestación derivada del arte griego arcaico y de las creaciones púnicas traídas a Hispania por el comercio. Las obras cumbre de la escultura ibérica son sus damas, figuras de bulto redondo y carácter funerario, usadas para proteger tumbas de guerreros. A la muy conocida y representativa del arte español, la Dama de Elche, ha venido a añadirse hace unos años el hallazgo de la Dama de Baza, magnífica escultura de bulto redondo que representa una divinidad femenina sedente bellamente policromada, ataviada con joyas y abalorios, con un pájaro en una de sus manos; también hay que resaltar la escultura de la Dama oferente del Cerro de los Santos, una imagen femenina en pie con vestiduras y adornos semejantes a las otras damas antedichas. El Cerro de los Santos ha ofrecido gran cantidad de esculturas de todo tipo, fragmentos de toros y caballos, muchas cabezas de guerreros, etc. Las artes industriales ofrecen productos que completan y definen la visión plástica de los pueblos ibéricos: la cerámica, torneada y de gran finura, que ofrece sobre el barro ocre sugestivas pinturas a pincel en rojos y bermellones; destaca entre estas creaciones el grupo de Liria, bellamente decorado con animales, vegetales y, excepcionalmente, con figuras humanas. Otra faceta del mundo plástico ibérico es la orfebrería y, en general, las artes del metal.

     

     

    Los dos tipos de cultura que tradicionalmente se distinguen en la Hispania prerromana son: el mundo ibérico de Levante y Andalucía, y el del resto de Hispania, especialmente caracterizado en las tierras del interior. Las noticias históricas que nos han llegado de estos pueblos, debidas a los geógrafos y tratadistas griegos y romanos venidos a Hispania con la conquista, se refieren normalmente a los pueblos celtíberos, término que algunos autores usan para referirse a todos los pobladores de la Meseta, mientras otros lo restringen para referirse a ciertas tribus con territorio en las provincias de Aragón, Guadalajara y Soria. Al observar la multitud de nombres de pueblos que han conservado los historiadores y geógrafos romanos, se obtiene la impresión de una gran dispersión y diversidad; no obstante, los mismos textos manifiestan que esta aparente diversidad se debía en gran medida al momento de gran efervescencia demográfica por la que atravesaban los pueblos peninsulares, y a que detrás de ese carácter plural subyacía una unidad cultural y religiosa que pudo haberse traducido, si no hubiera mediado la conquista romana, en un proceso de paulatina unificación política.  

     

    La diversidad de estas tierras se manifiesta, por ejemplo, en el panteón de dioses y diosas hispanos, increíblemente prolijo, en el cual destacan el animismo de las regiones celtas del noroeste, y los cultos a las fuerzas de la naturaleza que suelen personalizarse en otros pueblos más meridionales, con algunas deidades muy caracterizadas como Endovélico, Ataecina o Epona. Otro de los rasgos que evidencia diversidad es la cantidad de lenguas, muy distintas, que se hablaban en la Península anteriormente a la llegada de los romanos, que quedaron borradas por la unificación de la latinidad, con la única excepción del vascuence.