Historia de España 1: La prehistoria


    La Prehistoria es el acontecer humano ocurrido con anterioridad a que tengamos constancia escrita contemporánea del mismo; es también la ciencia que estudia la historia de la humanidad durante dicho período. Es por tanto una parte de la Historia y tiene, lógicamente, sus mismos objetivos. Como período de tiempo tiene unos límites imprecisos que abarcan desde los primeros humanos hasta los más antiguos sistemas de escritura: dos millones y medio de años de Prehistoria frente a apenas cinco mil años de historia, y eso al margen de que aún hoy existen en América, África y Oceanía comunidades culturales que carecen por completo de un lenguaje escrito.

    En el extremo más alejado de la Prehistoria encontraremos a los primeros humanos siendo precisamente la identificación del género humano -Homo- una cuestión inicial que se resuelve considerando humano a aquel ser capaz de transformar una piedra en un elemental, aunque tosco, instrumento de trabajo. El límite final de la Prehistoria se denomina Protohistoria y trata de aquellos pueblos y culturas de los que, sin tener ellos una escritura propia, tenemos información por los textos de otros pueblos contemporáneos; éste sería el caso de los pueblos de la España prerromana para los que contamos con amplias informaciones escritas por sus coetáneos griegos y latinos.

    La reconstrucción intelectual que hacemos de los tiempos prehistóricos se fundamenta esencialmente en el estudio de los vestigios relacionados con la presencia y las actividades humanas. La recuperación de estos vestigios, su análisis y estudio pertenecen al ámbito de la Arqueología.

    Arqueología prehistórica.

    Los estudios arqueológicos son muy semejantes entre sí, con independencia del tiempo o la cultura a que se apliquen pero, simplificando, podemos decir que en Prehistoria son de tres tipos los elementos que podemos obtener en una excavación arqueológica: los restos de esqueletos humanos que son el principal objeto de la Antropología física; los sedimentos geológicos, pólenes, semillas y otros restos de flora y los huesos de animales que son objeto de las Ciencias de la Naturaleza, de estudios paleoambientales en general que ponen en relación la actividad humana con el medio ambiente en el que tuvo lugar, y los instrumentos creados por nuestros ancestros que asociamos a la Arqueología, entendida ésta en un sentido más restrictivo.  

    Los mayores progresos en los últimos años se han producido como consecuencia de los trabajos interdisciplinares y analíticos -física, química, paleobiología- aplicados a los restos e indicios del entorno natural en el que desarrollaron su actividad los distintos grupos humanos, es decir, por la globalización y diversificación integradora de la arqueología prehistórica como ciencia del hombre; mucho más por el método de investigación y las técnicas aplicadas que por los hallazgos producidos en las tres últimas décadas.

    Según todo lo anterior, no debe parecer que será escaso el conocimiento que podamos alcanzar de tan lejanas épocas, pues al margen de las palabras y los sentimientos podemos documentar y reconocer buena parte de los procesos culturales que tuvieron lugar y, por supuesto, la tecnología, formas de vida, economía, alimentación, vestido e incluso ritos y creencias. 

     

    El Cuaternario: ambiente y clima.

     

    Casi todo el desarrollo de la Humanidad ha tenido lugar durante este período geológico en el que aún nos encontramos. Se ha subdividido en Pleistoceno y Holoceno. Abarca el primero desde hace 1.640.000 años hasta el fin del último período frío, hace unos 10.000 años. El Holoceno sólo cubre desde ese momento hasta la actualidad y resulta climáticamente uniforme.

     

    Caracterizan el Pleistoceno los períodos de enfriamiento generalizado del clima. El descenso de sólo unos grados de la temperatura es suficiente para provocar un notable aumento de las masas de hielo en los casquetes polares. Este almacenamiento en forma de hielo provoca, en consecuencia, un considerable descenso del nivel de las aguas marinas. En los momentos álgidos de estos largos períodos fríos, y para la Península Ibérica, las temperaturas pudieron bajar unos 10º C en sus valores medios, mientras que los hielos permanentes cubrían casi toda Inglaterra y parte de Alemania y las nieves perpetuas coronaban nuestras principales cordilleras; el mar descendía hasta 120 metros por debajo del nivel actual y se alejaba hasta decenas de kilómetros en muchas zonas de costa. Con estas condiciones diferentes y cambiantes, el paisaje, la fauna y la flora no sólo fueron distintas a las actuales, sino también diferentes a lo largo de los períodos alternantes fríos y templados, o dicho de otra manera: encontraríamos en nuestras regiones la flora y la fauna que hoy podemos ver en otras zonas de latitud más próxima al ártico.  

     

    En tan largo y variado período se pudo ver, en lo que ahora es España, desde una fauna típica africana -elefantes, hipopótamos, hienas, leones y panteras- hasta otra extinta y gélida -mamut, rinoceronte lanudo- pasando por la que se conserva en otras regiones -reno, bisontes- y la que sigue entre nosotros (oso, lince, ciervo, rebeco...); y lo mismo podría decirse de pájaros o de pequeños mamíferos, y por supuesto de los árboles y arbustos.

     

     

    Los primeros humanos.

     

    A falta de un criterio mejor se considera humano a aquel ser que empezó a romper determinadas piedras, de cierta manera, para luego servirse de ellas en sus actividades de alimentación. Se le llama por tanto Homo habilis: 'que es capaz', 'que es hábil'. La fabricación de artefactos de piedra es algo que comenzó al menos hace 2.500.000 de años en el este de África. Sabemos también que su caminar era erguido, su apariencia remotamente semejante a la nuestra pero inequívocamente alejada de los monos actuales. Su talla no sobrepasaría los 150 cm y su capacidad craneana rondaría los 800 cc. Su alimentación omnívora, su carácter social, la posibilidad de suplir con útiles fabricados ciertas limitaciones físicas -no era el animal más rápido, ni el más fuerte, ni el de mejores garras- y la inteligencia -¡capacidad de aprender!- dotaron al género homo de una gran capacidad de adaptación, de supervivencia. Es probable que además de en el este y sur de África llegara a vivir ya en el sur de Asia.

     

    Durante más de un millón de años fabricó sus útiles de piedra a partir de cantos rodados en los que obtenía un filo cortante mediante un escaso número de golpes.

     

     

    Los primeros humanos en España.

     

    Originaria también de África una nueva especie humana va a colonizar, desde hace más de 1.500.000 de años, también el sur y el este de Asia y Europa. Todo el Viejo Mundo será el escenario de la actividad y evolución del llamado Homo erectus.

     

    El resto humano más antiguo hallado en España es el encontrado en Venta Micena (Orce, Granada), que se interpreta como fragmento del cráneo de un individuo de 5 ó 6 años que vivió hace 1.650.000 años. Tanto la adscripción humana como la antigüedad propuesta no parecen haber sido unánimemente admitidas y lo mismo puede decirse de las industrias líticas halladas en el Barranco del Paso, también en la región de Orce. Los restos de Cueva Victoria (Murcia) pertenecen a tres o cuatro individuos jóvenes y adultos, y se propone para ellos una antigüedad de 1.400.000 años.  

     

    De confirmarse o admitirse la cronología propuesta para cualquiera de estas restos debería replantearse el momento y el camino de la colonización no sólo de la Península Ibérica, sino quizá de Europa, que bien podría haber sido a través del estrecho de Gibraltar. En la actualidad la hipótesis comúnmente aceptada es que el Homo erectus surgió en un foco originario en el centro-este de África, desde donde se extendió hacia el norte del continente y, a través del Sinaí y bordeando el Mar Negro y el Mediterráneo, llegó a extenderse por Europa y hasta España. Para J. Gibert, responsable de las investigaciones en Orce y Cueva Victoria, el modelo de expansión del Homo desde África tiene que ser el mismo que el de la fauna coetánea africana, bien documentada en los mismos yacimientos y con la misma cronología de Pleistoceno inferior o incluso anterior. Fuera de estos hallazgos se propone una datación inferior a un millón de años para la presencia del Homo erectus en España.

     

     

    El Homo Erectus. De Ibeas a Atapuerca.

     

    Junto a estos hallazgos singulares, y todavía controvertidos, los restos humanos hallados en la sierra de Atapuerca (Burgos) son la principal fuente para el conocimiento del Homo erectus en todo el mundo.

     

    A finales del siglo XIX se construyó un tren minero que atravesaba la Sierra de Atapuerca, en la provincia de Burgos. La profunda trinchera que hubo que hacer puso al descubierto varias dolinas y cuevas, en las que las excavaciones arqueológicas que allí se realizan desde hace varios años han aportado evidencias de la presencia y actividades humanas desde hace casi 700.000 años hasta hace unos 100.000 años. Precisamente con una antigüedad que supera los 600.000 años se han hallado huesos fósiles de tres esqueletos asociados a otros abundantes restos arqueológicos.

     

    Pero de este conjunto de yacimientos y enclaves destaca la llamada Sima de los Huesos que ha deparado hasta el momento más de 1.000 fósiles de huesos humanos que representan todo el esqueleto, incluyendo un cráneo con el rostro completo. Pertenecieron al menos a 30 individuos y la antigüedad de este conjunto supera los 300.000 años. Su altura media sobrepasaba los 160 cm y su capacidad craneana oscila entre los 1.100 y 1.250 cc; para el codirector de las excavaciones, J. L. Arsuaga, se trata del Homo erectus en la línea evolutiva que conduce al Homo sapiens neanderthalensis.

     

    Cómo tuvo lugar semejante acumulación de restos humanos es una de las cuestiones concretas de mayor interés. En ese sentido gana cada vez más fuerza la hipótesis de una acumulación intencionada de cadáveres realizada por humanos contemporáneos. Bien pudiera tratarse de una práctica de tipo funerario.

     

     

     

    El Paleolítico.

     

    El término Paleolítico -Edad de la Piedra antigua, o tallada- tiene un valor cronológico y cultural. Designa a todo el tiempo transcurrido desde que los humanos empezaron a tallar la piedra y hacer útiles hasta el fin de las glaciaciones y del Pleistoceno, y engloba, sin diferencias geográficas o biológicas, a todas las manifestaciones industriales y culturales del mismo. Se subdivide en tres etapas: Inferior, Medio y Superior.

     

    Durante el Paleolítico Inferior conviven en África diferentes tipos de homínidos. Europa será colonizada sólo por la especie erectus, aunque algunos autores quieren calificar ya a alguno de estos dentro de la especie sapiens. Las industrias serán muy elementales durante un millón de años, para iniciar después un cierta diversificación regional.

     

    El Paleolítico Medio ha sido identificado en Europa durante años con la presencia del Hombre de neandertal, de la especie sapiens. Hoy parece mucho más característica la existencia de instrumentos de piedra producidos de una forma estandarizada.

     

    El Paleolítico Superior queda definido por la presencia exclusiva del Homo sapiens sapiens, personas como nosotros, con nuestras mismas capacidades y a cuya presencia se asocia el primer Arte de la humanidad.

     

     

     

    El Paleolítico Inferior. El utillaje de piedra.

     

    Lo más característico de este momento es la fabricación de instrumentos de gran tamaño a partir de un bloque de piedra dura -cuarcitas o sílex principalmente. Si están hechos a partir de una lasca y tienen el filo transversal se denominan hendedores, mientras que si se obtienen tallando -golpeando- ambas caras del bloque de piedra se les denomina bifaces. En todo caso son lo que comúnmente se ha llamado "hachas de piedra". En realidad se trata de instrumentos para usos múltiples y poco diferenciados, relacionados con el descuartizamiento o troceo de la carne y huesos de los mamíferos de que se alimentaban. Estos instrumentos evolucionan a lo largo del Cuaternario y alcanzan formas de gran belleza por su simetría y proporciones. En ningún caso fueron el extremo de lanzas o picas, ni se manejaron enmangados como la errónea denominación de hacha podría sugerir. Este tipo de útiles identifican la cultura Achelense, que está bien representada en toda la Península.

     

    Junto a estos grandes útiles se obtienen también, a partir de las irregulares lascas fruto de su talla, útiles de menor tamaño y peso como raederas y denticulados cuyo uso también sería múltiple y poco diferenciado.

     

     

     

    Vivir en el Paleolítico Inferior en Atapuerca.

     

    Los restos hallados en el conjunto de Atapuerca (entre 700.000 y 350.000 años) en relación con la alimentación sólo nos informan sobre la dieta carnívora de esos grupos humanos, lo que tampoco permite descartar totalmente el consumo de vegetales. Parece evidente que capturaban mayoritariamente pequeños animales y resulta muy probable que los grandes animales asociados a industrias fueran aprovechados como consecuencia de una actividad de merodeo y carroñeo mejor que de caza. La ausencia de armas arrojadizas abona esta suposición. Su dieta no siempre era abundante, más bien al contrario, pues se documentan en los huesos y dientes períodos largos de carencia y desnutrición. Eso sí, carecían por completo de caries, quizá por la costumbre documentada de hurgarse o limpiarse los dientes con algún palito. Su esperanza de vida no parece que superara los 40 años.  

     

    En esta época los grupos humanos ya utilizan las cuevas como refugio e incluso trasladan a ellas grandes bloques de sílex para elaborar sus instrumentos. Conocían y utilizaban el fuego desde hace 500.000 años; iluminarse, calentarse, dominar las cuevas y cocinar estaba a su alcance.

     

    En Terra Amata (Niza, Francia), hace casi 400.000 años, se construyeron grandes cabañas ovales, de unos 50 m2, con troncos reforzados con bloques de piedras y cuya cubierta debía ser de ramajes.

     

     

    Cazar elefantes: Torralba y Ambrona; el Manzanares y el Jarama.

     

    Torralba y Ambrona son dos localidades contiguas de la provincia de Soria. Allí excavó a principios de siglo el Marqués de Cerralbo y luego C. Howell a partir de 1960. Los hallazgos fueron interpretados como correspondientes a un cazadero, asociado a una zona húmeda, encharcada, donde un grupo humano, quizá con la ayuda de fuego provocado, abatió y descuartizó algún elefante y otros animales, en una operación que se repitió en varias ocasiones y sin que éstas puedan atribuirse al mismo grupo o considerarse coetáneas. Posteriormente se ha cuestionado esta hipótesis y se ha sugerido que el depósito de huesos de animales y de instrumentos pudiera haber sido producido por la corriente de agua.

     

     

    En las terrazas del río Manzanares (areneros de Arriaga) se excavó el lugar donde se descuartizó una hembra de elefante, y el mismo hecho fue documentado en las terrazas del Jarama (yacimiento de Aridos I y II) y en otros lugares. Representan sucesos aislados de descuartizamiento de un gran animal.

     

    Al respecto hay una cierta polémica acerca de la capacidad de estos humanos para abatir grandes piezas como elefantes, o si por el contrario se limitaban a acciones de carroñeo. Una y otra posibilidad sugieren además tácticas y organización social o cooperación distinta. Se trata de opciones que no son necesariamente excluyentes, y con múltiples y coherentes argumentos a favor y en contra de cada posibilidad. El hombre acabó siendo cazador, aún lo somos pero, ¿empezó siendo carroñero?, ¿lo fue alguna vez?. Tampoco debemos olvidar que vegetales y pequeños animales también eran consumidos... y con más facilidad.

     

     

    El Paleolítico Medio.

     

    Desde hace 300.000 años y hasta hace 40.000 se considera una nueva etapa en la que destacan varias novedades. Corresponde este período con la aparición, desarrollo y desaparición de un nuevo tipo humano, muy similar a nosotros, cuyo primer fósil se halló en el valle alemán de Neandertal, por todo esto se le denominó Homo sapiens neanderthalensis (el hombre inteligente de Neandertal). Aunque el aspecto de su rostro fuera algo diferente del nuestro, alguno de sus comportamientos lo separan claramente de lo que conocemos respecto al Homo erectus.

     

    En cuanto a los restos de cultura material anotaremos la existencia de procesos de talla de la piedra que permiten la obtención de grandes lascas anchas y planas o triangulares -técnica levallois- y láminas de formas preestablecidas. Estas nuevas técnicas se difunden muy rápidamente, se crean nuevos tipos de instrumentos ya estandarizados y en función de que en un lugar -un yacimiento o un nivel de un yacimiento- aparezcan tales o cuales tipos se distinguen industrias diferentes pero más o menos contemporáneas denominadas facies. Otra interpretación del mismo fenómeno de variabilidad consiste en suponer que los distintos matices culturales o facies son, en realidad, consecuencia de que en ellos se realizaron actividades principales distintas, por lo que la aparición de diferentes útiles estaría en relación con su función y con la de los yacimientos. Puede pensarse que una y otra explicación no siempre son excluyentes.

     

    Esto es lo que se conoce como musteriense y se asocia parcialmente al Hombre de neandertal.

     

     

    El Hombre de Neandertal: los primeros europeos.  

     

    Su presencia se identifica en Europa hace 150.000 años. Hasta su desaparición soportaron climas bastante más fríos que el actual. Sus restos fósiles en España son escasos y muy fragmentarios, pero en Francia se han hallado muy buenos conjuntos.  

     

    Se piensa que fue una evolución local a partir de ciertas formas de erectus (recordemos a los de Atapuerca). Se extendió por toda Europa, Oriente Próximo y regiones del Cáucaso. Eran sólo algo más bajos de media que nosotros y más robustos. Su cráneo, también más bajo y ancho, junto con los prominentes arcos sobre las cejas y su potente mandíbula sin mentón, como la del erectus, le darían un aspecto algo bruto aunque no muy distinto a primera vista al de alguno de nosotros. Su andar era idéntico al nuestro, así como la capacidad de su cráneo, aunque la forma de su cerebro presenta algunas diferencias.

     

     

     

    El Hombre de Neandertal, ¿Sabio y bueno?.

     

    No cabe duda que el progreso tecnológico que apreciamos en el musteriense debe relacionarse con los neandertales. Su inteligencia le permitió aprovechar mejor la materia prima y obtener de un mismo bloque, mediante la técnica levallois, más y mejores herramientas. Sus cuchillos y puntas cortaban mejor, podían ser enmangados y fabricar lanzas eficaces.  

     

    Usó las cuevas como lugar de habitación construyendo a veces chozas en su interior, pero también las construyó en espacios exteriores. De éstas, uno de los ejemplares más impresionantes es la hallada en Molodova (Rusia): es de forma oval y mide 10 X 7 metros, está rodeada de colmillos y grandes huesos de mamut, tenía dos puertas y en su interior había restos de unos quince pequeños hogares. En la cueva de Morín (Cantabria) creó un recinto bien delimitado en el que realizó actividades distintas a las que hizo fuera del mismo.

     

    Sus casas indican su sólida y compleja organización social, la misma que debía permitirles eficaces estrategias de caza y supervivencia. Sólo una fuerte cohesión social, la posesión de ciertos conocimientos médicos y de lo que llamamos sentimientos, puede explicar la supervivencia hasta la ancianidad de una persona con las lesiones y enfermedades que padeció el propietario del esqueleto hallado en Shanidar (Irak). Las prácticas de inhumación, de uno o más individuos en sepulturas preparadas, acompañadas de rituales y ofrendas, aparecen en toda Europa. Y junto a esto, algunos hallazgos como los de Krapina (Croacia) y Hortus (Francia) han sido asociados a prácticas de canibalismo, aunque no todos los prehistoriadores admiten tal explicación.

     

    Aún no se han encontrado datos y argumentos suficientes que expliquen satisfactoriamente la desaparición de una especie humana tan fuerte y capaz como lo eran los neandertales, cuyas últimas poblaciones conocieron las técnicas e industrias del Paleolítico Superior y fueron coetáneas con poblaciones de Homo sapiens sapiens.

     

     

    El Paleolítico Superior.

     

    El cambio del Paleolítico Medio al Superior supone cambios culturales que se perciben con enorme fuerza y diferencia respecto a todo lo anterior. La frontera cronológica, difusa, puede situarse hace 35.000 años.

     

    A partir de ese momento las gentes neandertales habrán desaparecido y en su lugar nos encontraremos con el Homo sapiens sapiens, la misma especie y subespecie a la que pertenece toda la humanidad desde entonces. Sus instrumentos de piedra los hará a partir de láminas delgadas y alargadas de sílex, y creará numerosos útiles de hueso y asta de complejos diseños. Fabricará agujas finísimas para coser, candiles para iluminarse, tiendas de campaña, cocerá el barro....Y creará un impresionante conjunto de esculturas, relieves y pinturas por toda Europa que constituye el primer Arte de la Humanidad.

     

     

    Homo Sapiens Sapiens: Los primeros Nosotros.

     

    Los recientes estudios de genética -análisis de ADN mitocondrial- y los hallazgos arqueológicos y paleontológicos permiten afirmar que el Hombre actual tiene su origen en una especie evolucionada a partir de un núcleo originario de África. La hipótesis fue divulgada bajo el periodístico lema de Eva africana.

     

    En Israel hay fósiles de Homo sapiens sapiens, de hace 100.000 años, que convivieron con tipos neandertales y compartieron industrias musterienses del Paleolítico Medio y formas iguales de enterrar a sus muertos. Estos hallazgos están en el camino lógico y en el momento cronológico correcto, para pensar que la rápida expansión del hombre moderno se produjo por Oriente Próximo hacia el resto del mundo, sustituyendo a las poblaciones previas de neandertales y erectus.

     

    Entre otras múltiples cuestiones desconocidas, ignoramos qué relaciones se establecieron entre unas y otras poblaciones y el papel que jugó el Hombre moderno -si es que tuvo algo que ver con eso- en la extinción de los humanos preexistentes.

     

     

    El Hombre de Cro-Magnon.

     

    Éste es el nombre que se dio a las poblaciones del Paleolítico Superior europeo a raíz del hallazgo de los fósiles humanos en el yacimiento del mismo nombre. Aunque el tipo humano será único, podremos distinguir por su utillaje culturas muy distintas: Chatelperroniense, Auriñaciense, Gravetiense, Solutrense, Magdaleniense y Aziliense. Podrán sucederse en un mismo lugar unas a otras, pero no necesariamente formando las mismas series y los períodos de contemporaneidad, en ocasiones, pueden ser relativamente prolongados, o responder su presencia a cierto carácter regional.  

     

     

    La regionalización de la cultura es un fenómeno que empezamos a percibir, quizá porque aumenta considerablemente el número de los yacimientos arqueológicos de este período en relación con el anterior. Por otra parte, el número de yacimientos debe responder a un notable incremento demográfico y éste, a su vez y entre otras causas, a los cambios tecnológicos e intelectuales que permiten a las nuevas poblaciones aprovechar mejor los recursos naturales disponibles.

     

    En cuanto a la talla de la piedra, la principal novedad será la técnica de preparar un núcleo de sílex de tal manera que pueda proporcionar largas y finas láminas de material. Cada una de éstas puede ser transformada mediante suaves golpes, indirectos, o hasta con el sílex calentado artificialmente, o mediante presión con distintos instrumentos. Se alcanzará el mayor grado de maestría y belleza en la talla del sílex. Lo más significativo serán las puntas para armas arrojadizas: lanzas, azagayas y flechas solutrenses. Sus formas se denominan según su parecido con las hojas de los árboles (puntas de hoja de laurel, de sauce), o por la forma de su dispositivo de enmangue (de muesca, de pedúnculo). Entre las más bellas se encuentran las de pedúnculo y aletas de la cueva del Parpalló (Valencia).

     

    Se inicia el uso abundante del hueso y las astas de ciervo para fabricar también puntas para armas arrojadizas o, en el período magdaleniense, arpones dentados para la captura de truchas y salmones. Los diseños serán eficaces y muy sofisticados. También en hueso y asta se harán espátulas, cinceles, propulsores, adornos, pequeños relieves y esculturas.  

     

     

    Las bandas de cazadores; su apogeo.

     

    La explotación del entorno se hace cada vez más intensa y se explotan recursos antes ignorados. La dieta se amplía de forma estable y progresiva hacia los peces de río y estuario y hacia los moluscos de roca y arena de la línea de la costa. Hay que suponer que, en la medida de lo posible, se incrementaría el consumo de vegetales.

     

    La caza parece fruto de la planificación. En España se produce una especialización progresiva sobre el ciervo y la cabra, más ubicuos y estables que el caballo y menos peligrosos que el bisonte, que son especies también muy cazadas a comienzos del Paleolítico Superior. En el arte rupestre, del que luego hablaremos, se conocen cuatro escenas en las que parece que un cazador está en peligro -o ya muerto- ante un animal, y en las cuatro se trata de un bisonte. Se han identificado campamentos estacionales, de verano, en los que casi toda la carne consumida procede de una sola especie, que en España es el ciervo o la cabra. El nomadeo era una práctica metódica, incluso cíclica en función del conocimiento y explotación intensa de un amplio territorio o de un mismo valle, con desplazamientos programados tanto hacia la cabecera y zonas de montaña -pastos de verano para los herbívoros salvajes- como hacia las zonas bajas. O incluso interceptando a los salmones en su remontar el río.

     

    Un buen sílex para la fabricación de buenas puntas y útiles daba lugar a desplazamientos o a intercambios que hacían llegar esa materia prima a más de 100 km de distancia, como ocurre en Polonia con el sílex marrón de la montaña de la Santa Cruz.

     

    En definitiva, excelentes armas, técnicas y organización para lo que se considera el apogeo de las bandas de cazadores.

     

     

     

    El Hombre de las cavernas.

     

    Durante este tiempo, y hasta la consolidación del clima templado hace 10.000 años, nos encontramos ante un clima frío cuyo punto álgido se alcanzó hace unos 18.000 años. Los grupos humanos tuvieron que protegerse de ese frío y lo hicieron de varias maneras.  

     

    El fuego debió ser su principal aliado, su control debía ser prácticamente absoluto y el procedimiento de encendido, cualquiera de los que hemos visto practicar a pueblos contemporáneos de tecnología prehistórica.

     

    Sus vestidos debieron de ser muy eficaces y cómodos. Curtían las pieles, utilizando ocre, de tal manera que luego podían ser cosidas con agujas de poco más de un milímetro de diámetro que además estaban perforadas para llevar un hilo enhebrado. Múltiples dientes perforados y otros colgantes de hueso, marfil y concha hallados en los yacimientos y en las tumbas deben vincularse al vestido. Esquimales y aborígenes del norte de América pueden servirnos para imaginarnos su aspecto.

     

    Buscaron el refugio de las cuevas allí donde había. Se instalaron en las grandes bocas y vestíbulos de alguna de ellas, junto a la luz del sol, y organizaron allí sus zonas de descanso, sus lechos vegetales y sus áreas de actividad. Y donde no había cuevas construyeron cabañas de madera y pieles, como las que se han encontrado en diversos lugares de Europa; también las construyeron a partir de los grandes huesos y colmillos de mamut, como las halladas en paisajes esteparios de Polonia, Rusia y Ucrania, allí donde la madera no existía. Al interior de las cuevas sólo se entraba a realizar las pinturas y grabados que conocemos como arte rupestre y para las prácticas rituales y culturales que con él tenían relación.

     

     

     

    El increíble descubrimiento del arte.

     

    En el último tercio del siglo pasado la Prehistoria era todavía una ciencia balbuceante, incipiente. El evolucionismo propuesto por Darwin no era algo plenamente aceptado, ni siquiera bien difundido fuera de reducidos grupos de científicos. Era entonces cuando se empezaba a reconocer la antigüedad de la especie humana al margen de las informaciones e interpretaciones de la Biblia. Se había acuñado el término Paleolítico y existía una encendida polémica sobre el origen del Hombre entre creacionistas y evolucionistas, polémica que también se daba en España.

     

     

    En ese contexto M. Sanz de Sautuola, un hombre rico, culto y estudioso de las Ciencias de la Naturaleza y de la Historia se decide a investigar la Prehistoria de su región motivado por el conocimiento de las colecciones paleolíticas expuestas en la Exposición Internacional de París de 1878. Buscó sistemáticamente indicios en las cuevas de su región e inició excavaciones en la de Altamira hallando interesantes industrias paleolíticas. Su hija María, una niña de unos siete años, fue la primera en ver las famosas pinturas. Cuando Sautuola las publicó por medio de un librito bien ilustrado, relacionándolas con otros yacimientos franceses, con algunos objetos grabados, identificando especies extintas y, sobre todo, atribuyéndoles una cronología paleolítica, sólo encontró la aceptación y el apoyo expreso del geólogo español J. Vilanova y Piera. Para los demás todo parecía excesivo, increíble, nada parecía encajar con lo conocido hasta entonces. En España se discutió sobre Altamira sin llegar a una buena conclusión, y en Francia los más prestigiosos prehistoriadores condenaron el hallazgo al ostracismo. Para la mayoría de los evolucionistas era difícil aceptar que el más antiguo Hombre conocido ya fuera capaz de crear arte y símbolos.

     

    La situación cambió cuando veinte años después se hallaron otras cuevas semejantes en Francia. Entonces se reconoció el error públicamente y se centró la atención sobre la cueva de Altamira iniciándose el estudio del arte rupestre paleolítico.  

     

    Sólo en España se conocen unos 125 enclaves con este arte, y la cifra se multiplica por dos para el resto de Europa. Han transcurrido más de cien años desde el descubrimiento de Altamira y el conjunto de sus pinturas polícromas sigue ocupando el primer lugar en un posible escalafón del arte prehistórico.

     

    El primer arte de la humanidad.

     

    La capacidad de crear y comunicarse mediante símbolos estaba ya presente entre los neandertales. Sólo así pueden entenderse sus ofrendas y rituales funerarios, pero será el Hombre moderno quién utilice toda su capacidad de comunicación mediante signos y símbolos, incluyendo los signos verbales, el lenguaje hablado. La principal evidencia de esto la encontraremos en la expresión artística, en el arte.

     

    Se creará y desarrollará un arte sobre todo tipo de soportes portátiles -esculturas, adornos, instrumentos, placas de piedra...- e inamovibles, como las paredes y techos de las cuevas o las grandes rocas de algunos lugares. Se recurrirá a diversas técnicas, como el grabado, la talla y el esculpido, el modelado en barro (a veces posteriormente cocido), el dibujo y la pintura. Trabajará sobre materias diversas como el hueso, el marfil, la arcilla y las rocas duras. Podemos imaginar otras obras realizadas sobre madera, piel o cuero e incluso sobre el propio cuerpo, pero nada de esto se ha conservado; de hecho conocemos muy pocas obras de las realizadas al aire libre, bastantes objetos portátiles y un número suficiente pero sin duda reducido y parcial, del arte ejecutado en el interior de las cuevas.

     

    Cuando hablamos de arte paleolítico nos referimos a éste como si fuera un fenómeno único, olvidando a veces que empezó hace 35.000 años y desapareció sin aparente continuidad hace unos 10.000 años.

     

    El sur de Francia y el norte de España constituyen un foco excepcional que ha deparado hasta el momento el mayor y más importante conjunto de cuevas con pinturas, esculturas y grabados; se trata del núcleo principal del llamado arte rupestre paleolítico.

     

     

    Los temas del arte rupestre. Los signos.

     

    Se trata de un arte basado en la figuración y, más explícitamente, en la representación de figuras de animales, siempre fácilmente identificables. Predominan ciervos, caballos,bisontes, uros, cabras y rebecos; son muy escasos los mamutes y renos; otras representaciones, incluyendo las humanas, son escasas o tienen carácter singular.

     

    Encontraremos numerosos signos y calificaremos como tales tanto aquello que no podemos identificar lo que representa como lo que interpretamos como esquemas o partes del cuerpo humano: signos vulvares y fálicos. Son muy diversos, pero hay semejanzas y coincidencias en distintas cuevas y regiones confirmando cierta comunidad cultural. En todos los casos podemos intuir su valor simbólico, pero no identificarlo. Un pequeño divertículo de la cueva de Tito Bustillo sólo está ocupado por representaciones inequívocamente vulvares, fenómeno que podemos ver en alguna otra cueva francesa o en uno de los más profundos e inaccesibles rincones de la de Bedeilhac.

     

    A mitad de camino entre el signo y la figura, Angles-sur-Anglin concentra varias representaciones femeninas en un mismo reducido ámbito.

     

    Como signos humanos podemos considerar las improntas de manos de distintas cuevas de Francia y España (Altamira, Castillo, Fuente del Salín y La Garma, todas en Cantabria). Suelen tener una cronología antigua que puede superar los 20.000 años. Se realizaban en positivo o negativo, tanto marcando la mano embadurnada de pintura como salpicando o soplando pintura alrededor de una mano apoyada en la roca, igual a como en la actualidad lo siguen haciendo los aborígenes australianos.

     

     

    Pese a esto, buena parte de los signos aluden a ideas o realidades que no podemos reconocer y cuya dispersión es a veces regional, indicando un vínculo cultural como en el caso de los claviformes cántabro-pirenaicos, y a veces inexplicable.

     

     

    La imagen de la gente.

     

    La figura humana resulta en proporción anormalmente escasa, en muy pocas ocasiones alcanza el grado de realismo que vemos en los animales, son formas humanas, en algún caso con el falo erecto, con ciertos rasgos animales (¿cazadores disfrazados?, ¿brujos y hechiceros?). Existen varios grabados así en Altamira y en otras cuevas de Cantabria.  

     

    Pese a lo anterior no podemos dejar de citar la cueva de La Marche (Francia). Allí se conocen más de 50 representaciones de rostros humanos, preferentemente de perfil pero también en visión frontal, y otras tantas representaciones de cuerpo completo. Hay alguna escena de cópula, pero en general parecen representaciones aisladas. Unas son como bocetos, otras son indudables retratos de personas con distintas narices, con barba o sin ella, con diversos cánones corporales. También las hay que parecen auténticas y magníficas caricaturas y la misma impresión producen los rostros de Marsoulas.

     

    Las figuras femeninas son minoritarias en el arte parietal, no así en el arte mueble, donde son raras las esculturas masculinas. En las figuras femeninas, que en modo alguno parecen retratos, se destacan los órganos sexuales, pero más aún parece hacerse hincapié en los atributos o representación de la gestación, de la maternidad, a través del embarazo. De carácter diferente son las representaciones de la cueva de La Madeleine, cuyas "venus" grabadas y casi en bajorrelieve, por su forma y postura pueden hacernos recordar algunos desnudos de Modigliani o Picasso en los que no es precisamente la maternidad lo que se exalta.

     

     

    Dispersión y cronología del arte paleolítico.

     

    Hoy en día conocemos que el arte rupestre es un fenómeno casi universal asociado a pueblos de cazadores y recolectores de los cinco continentes. Es también universal en el sentido temporal pues empieza con los primeros hombres modernos y aún sigue realizándose entre las comunidades culturales no agrícolas de los aborígenes de Oceanía y África.  

     

    Ciñéndonos al arte del paleolítico su dispersión ha desbordado el ámbito cántabro -aquitano inicial y hoy sabemos que estaba presente desde la Rusia de los Urales hasta nuestra Andalucía. Incluso en España, lo que en principio parecía algo limitado a las regiones cantábricas hoy está atestiguado en diversos puntos de las provincias mediterráneas y del interior peninsular. Es aquí donde se han producido los más interesantes hallazgos recientes: nos referimos a los conjuntos de grabados sobre grandes rocas al aire libre en Siega Verde (Salamanca), Domingo García (Segovia) y valle del río Coa (Portugal, próximo a Siega Verde). Se trata en este caso del más importante conjunto al aire libre y modifica la sensación de arte exclusivamente cavernario que erróneamente se podía tener.  

     

    En principio la mayoría del arte rupestre paleolítico se asocia con la cultura material solutrense y, sobre todo, con la magdaleniense. Ambas cubren el tiempo que va desde hace 22.000 hasta hace 10.000 años. En relación con la cronología, la posibilidad de datar el carbón de los pigmentos mediante partículas ínfimas del mismo abre un proceso de revisión respecto al esquema clásico, según el cual, lo más antiguo era lo más sencillo. Las fechas obtenidas para la cueva Chauvet (Vallon Pont d'Arc) que se remontan a 30.000 años, así como otras también muy antiguas, deben hacer recapacitar y superar la rígida identificación de estilos con cronología. El final de este arte tuvo que ver con los profundos cambios de formas de vida y cultura que se producen durante el tránsito al holoceno, y en los que el cambio climático desempeñó un papel importante.

     

     

    El por qué del arte rupestre. La magia y la caza.

     

    Ningún arte, ni siquiera la mayoría de las artes decorativas o aplicadas, tienen sólo un valor ornamental o de simple adorno. Para el arte rupestre paleolítico esto se hace aún más evidente si reparamos que se ejecuta, mayoritariamente, fuera de los lugares de habitación, en sitios oscuros y de difícil acceso. Es, sin ninguna duda, un arte de máximo contenido simbólico.

     

    Se pensó pronto que las imágenes corresponderían a animales totémicos, pero la diversidad de especies figuradas en cada cueva impide esta interpretación. En todo caso es incuestionable que es un arte que reproduce casi exclusivamente animales que se desea cazar para alimentarse de ellos, y sabemos que se cazaban para esto. Estamos ante el arte de la humanidad cazadora, por lo que su lectura se ha intentado, en buena medida, a partir de la comparación o del conocimiento etnográfico de las sociedades cazadoras-recolectoras más o menos contemporáneas.

     

    Se trató de vincular todas las representaciones con ritos de magia simpática o propiciatoria, pero tal hipótesis puede rechazarse al verificar que hay numerosas cuevas en las que no hay proporción directa entre la fauna representada y la fauna consumida, como Lascaux (Francia) donde más del 90% de los restos de fauna, de alimentación, son de reno y esta especie apenas se representa en sus paredes. En Ekain (Guipúzcoa) una abrumadora mayoría de las imágenes son de caballos, mientras que los huesos hallados son de ciervo y cabra, y los de caballo inexistentes; y los ejemplos podrían multiplicarse. Claro que también estos datos son relativos pues habría que considerar la cantidad de carne que los acompañaba; no supone la misma cantidad de carne un mismo hueso de ciervo y de bisonte, y además ¿cómo valorar la importancia aparente de los bisontes polícromos de Altamira, de 150 cm de tamaño frente a los pequeños pero numeroso ciervos grabados por toda la cueva?.  

     

    La explicación del arte vinculándolo a la caza y la importancia de ésta para los grupos humanos no cabe duda que es coherente y razonable en muchos lugares y aspectos, pero globalmente resulta insuficiente e insatisfactoria.

     

    El arte rupestre como lenguaje, como conjunto simbólico.  

     

    No cabe duda que las figuras de animales tienen un valor añadido, una carga de significado que excede de la simple representación de un individuo de su especie.

     

    A. Laming-Emperaire y A. Leroy-Gourham a partir de los años sesenta interpretaron las figuras de cada conjunto, de cada cueva, como pertenecientes a un sistema simbólico, codificado y común para el que, mediante un análisis estructural, proponen la identificación de dos principios opuestos o complementarios que pueden corresponder a una misma visión cosmogónica dualista .

     

    Para el caso de Altamira, y para su conjunto de figuras polícromas se ha propuesto ver la representación de una manada que agrupa a individuos machos y hembras durante el celo. Esto, junto con otras consideraciones, permite asociar el conjunto pintado a ideas y ritos no sólo de fecundidad animal, sino de fecundidad y supervivencia del grupo humano o con ritos de iniciación o tránsito que tan importantes son para cualquier colectivo, incluso contemporáneo y tecnológicamente avanzado.

     

    En todo caso hay que considerar que una manifestación cultural tan amplia en el tiempo -más de 20.000 años- y el espacio -Europa, al menos- y producto de tantas generaciones de grupos humanos, difícilmente puede tener una única causa, una única interpretación. Su unidad aparente y su diversidad regional motiva la realización de un esfuerzo de revisión y análisis pormenorizado que en la actualidad se lleva a cabo.

     

     

    El penúltimo cambio climático.

     

    Una visión superficial puede hacer pensar que el fin del período glacial, que convencionalmente se sitúa hace 10.000 años, y la llegada del clima contemporáneo pudo ser rápido y aun brusco, pero ningún cambio climático ha tenido las características de un cataclismo. El calentamiento de la atmósfera y la retirada de los hielos no fue un proceso ni uniforme ni continuo sino que tuvo avances y retrocesos irregulares hasta hace unos 3.000 años. Incluso en épocas históricas recientes se aprecian alternancias climáticas más o menos generalizadas como la pequeña edad del hielo que va de mediados del siglo XVI a mediados del siglo pasado.

     

    El volumen de precipitaciones también sufre fluctuaciones en grandes períodos aunque, en general, es más difícil proponer interpretaciones regionales muy amplias, pues tienen una gran influencia otros factores geográficos como la latitud, la altitud sobre el nivel del mar y las condiciones orográficas particulares. No obstante, la tendencia general acabó formando un clima templado y más húmedo que el actual.

     

    Desaparecieron las estepas herbáceas de Europa occidental, o las de nuestras altas mesetas, que fueron sustituyéndose por bosques fríos dominados por algunas variedades de pino y posteriormente por bosques caducifolios de especies variadas en la fachada atlántica y con predominio abrumador del género quercus en la mediterránea.

     

    La fauna también se vio afectada por el cambio climático. Al desaparecer las praderas esteparias que soportaban las manadas de grandes herbívoros éstos tuvieron que emigrar hacia otras latitudes. Así lo hicieron el buey almizclero, el reno o el saiga; otros no pudieron sobrevivir, y se extinguieron para siempre el megacero, el mamut y el rinoceronte lanudo. Faltando los principales rumiantes, y presionados por el Hombre, los grandes felinos -leones y panteras- acabaron por desaparecer. El bisonte europeo de Bialowietza es casi una reliquia. Por el contrario medraron corzos, jabalíes, conejos, ciervos, cabras y uros.

     

     

    Epipaleolítico y Mesolítico.

     

    El fin del Paleolítico (Epipaleolítico) se produce durante una etapa que coincide con el inicio y la más acelerada fase del cambio climático ya visto. Suele aplicarse el término Mesolítico a esa misma etapa intermedia cuando la cultura material más que epígono de la anterior es preludio del Neolítico.

     

    En cuanto a la tecnología lítica, se lleva a sus últimas consecuencias la tendencia a la disminución del objeto tallado, tendencia que parece lineal desde el Paleolítico Inferior hasta este momento. Se producen casi en exclusiva muy pequeñas láminas que se armarán a lo largo de astiles de madera o hueso, mediante resinas, para formar casi todos los útiles necesarios: cuchillos, puntas para armas arrojadizas, etc. La consecuencia o el objetivo logrado es la producción más sencilla, de más metros de filo útil, con una misma cantidad de materia prima.

     

    En cuanto a los útiles de hueso, el más característico de todos ellos, el arpón, pasará de la sección circular de asta y de la doble fila de numerosos dientes a un elemental diseño plano y ancho, más sencillo de obtener, y con apenas dos o tres dientes.

     

    Pese a la enorme diferencia entre el más característico utillaje solutreo-magdaleniense y el epipaleolítico el proceso de cambios culturales es continuista y sin rupturas.

     

     

    El Epipaleolítico en la Península.

     

    El cambio de clima, de fauna y flora, que se produce debió contribuir de manera notable al cambio cultural. Éste, por otra parte, no hace sino concluir lo que era una tendencia general del Paleolítico Superior en general y del Magdaleniense en particular: la intensificación en la explotación de los recursos, la diversificación de recursos y los cambios de hábitat unidos a una menor movilidad.

     

    En relación con lo anterior es interesante el modelo de ocupación observado en el yacimiento Asturiense de Mazaculos. En él parece que el consumo de moluscos se realizaba de otoño a primavera, mientras que la caza era más abundante en la estación cálida. El resultado es de ocupación permanente.

     

    Se agudiza también la regionalización cultural. Se observan más diferencias en la cultura material y parecen de fácil delimitación: el Asturiense y el Aziliense cantábricos; los complejos Microlaminares y Geométricos del Mediterráneo o el Mesolítico de la fachada atlántica portuguesa.  

     

    La subsistencia sigue dependiendo de la caza: ciervos, cabras, jabalíes y corzos, aunque sigue aumentando su importancia la captura de peces de río y estuario. Al final del Epipaleolítico los lugares de ocupación serán fácilmente identificables por los montones de conchas -concheros- fruto de la sobrexplotación y consumo de lapas y bígaros. El mayor número de los yacimientos identificados se localiza en las franjas costeras y en el valle del Ebro.

     

    Frente al panorama de episodios anteriores es difícil evitar una sensación de empobrecimiento, que se ve acentuada por la desaparición del arte rupestre. Las cuevas dejan de ser frecuentadas y bien puede pensarse que también se produce un cambio en el ámbito de las creencias y del lenguaje simbólico.

     

     

    El Neolítico.

     

    EL nombre de este período -la Edad de la Piedra Nueva- tiene su pretexto en la aparición de útiles de piedra pulimentada, en ocasiones, de gran tamaño. No parece una denominación afortunada, entre otras cosas, porque siguen produciéndose ingentes cantidades de útiles de sílex tallados con las técnicas desarrolladas durante las etapas anteriores. Tampoco es acertado el nombre si reparamos en que, frente a la gran cantidad y transcendencia de los cambios y descubrimientos que tienen lugar en este momento, el hecho de pulir la piedra resulta casi anecdótico.

     

     

    Las novedades que se producen son muy numerosas y de profundo calado. La principal se resume en el hecho de que la humanidad pasa de una economía depredadora a una economía productora basada en la agricultura y la ganadería. Acompañan a este cambio otros de tipo tecnológico como la cerámica, la cestería, el tejido de fibras animales y vegetales, la transformación de alimentos entre otros... El fenómeno urbano y el urbanismo, con todo lo que implican, empiezan a ocurrir durante el Neolítico.

     

    Otras novedades son la sedentarización y la aparición de poblaciones numerosas agrupadas en poblados con características urbanas, poblados que ya se cierran dentro de empalizadas y taludes artificiales, así como la producción de excedentes, su almacenamiento y distribución para un consumo aplazado, la progresiva complejidad de la propiedad de los bienes de producción y consumo, la especialización productiva, la división y reparto del trabajo, etc...De acuerdo con el clásico esquema antropológico las bandas de cazadores cedieron el paso a las tribus.

     

     

    La revolución neolítica: dónde, por qué.

     

    Este término acuñado con éxito por V. Gordon Childe en los años treinta recoge bien la sensación de que entonces se produjo un cambio tan radical como el que hemos sintetizado. Sin embargo, la imagen de brusquedad o rapidez que el término sugiere no se corresponde con la realidad.

     

    Desde hace unos 9.000 años varios grupos de cazadores-recolectores empezaron a desarrollar técnicas agrícolas y ganaderas en distintas áreas de la tierra. En Oriente fue el arroz el principal cultivo inicial; en América central el maíz y los frijoles, y en el Oriente Próximo el trigo y la cebada. La ganadería en América se centró en algunos camélidos (la llama y la alpaca) y en Eurasia en la oveja, la cabra, la vaca y el cerdo. En ambos casos es el control sobre la reproducción lo que permite la agricultura y la ganadería.

     

    En un principio se postuló que ambas actividades estaban condicionadas por la penuria producida por el cambio climático, y por la concentración de especies animales y vegetales en áreas aisladas a modo de enormes oasis; tal determinismo se rechaza en la actualidad y se considera que los factores del cambio son muy diversos, pero que son de tipo social y cultural los desencadenantes. La sedentarización y el nomadeo programado, junto con la mejor explotación y de mayor número de recursos, produciría una presión demográfica que empujaría a la mejora de la recolección como paso previo a la agricultura. La sedentarización y el crecimiento demográfico progresivo son circunstancias comunes en los distintos focos originarios de la neolitización. A partir de un determinado momento, el proceso de incremento de la producción y el incremento demográfico se realimentan provocando la aceleración del cambio social, técnico e incluso ideológico o religioso.

     

    En lo que afecta al ámbito europeo el foco originario está localizado en lo que se dio en llamar el creciente fértil: costa del Mediterráneo oriental (Israel, Líbano y Siria), cursos altos del Tigris y el Éufrates y Montes Zagros (sur y este de Turquía, Iraq e Irán). Allí se encontraban de forma natural los tipos silvestres originarios tanto de las especies vegetales como de las animales.

     

     

    El Neolítico en el levante español

     

    En la Península no existían las formas silvestres de las especies explotadas agrícolamente, por lo que no hay duda sobre el origen exterior de la neolitización. La identificación de dos complejos culturales en el Levante se interpreta como indicativo de la existencia de unas poblaciones autóctonas, de tradición epipaleolítica, que entrarían en contacto con los portadores de la agricultura. La llegada de éstos se produciría tras una lenta progresión por las zonas costeras de la ribera norte del Mediterráneo y su presencia se asocia a la cerámica cardial (hecha a mano y decorada con la impresión de concha de berberecho, cardium edule) cuyos tipos y decoraciones son comunes con los de la costa francesa e italiana.  

     

    Yacimientos como la Cova de l'Or (Alicante) presentan ya desde sus primeros niveles de ocupación un utillaje inequívocamente alóctono -cerámica cardial, cucharas de hueso, etc.-, unido a una indudable economía productiva. Las dataciones de C14 sitúan estas primeras implantaciones neolíticas a mediados del V milenio a.C. La agricultura queda atestiguada por tres variedades de trigo y dos de cebada; las especies domésticas presentes eran la oveja, la cabra, la vaca y el cerdo, pese a lo cual seguía practicándose la caza, y en particular la del ciervo.

     

    En el nordeste peninsular la cronología de este Neolítico antiguo cardial se sitúa en el V y IV milenios antes de Cristo. A éste le sucede un horizonte cultural identificado por los sepulcros en fosa, inhumaciones individuales entre cuyos ajuares destaca la presencia de adornos de variscita procedentes de la mina de Gavá, la explotación subterránea más antigua conocida y que, además, atestigua la actividad o distribución comercial de su producción.

     

    Los hábitats conocidos son tanto en cueva y abrigo natural como en poblados al aire libre. Estos últimos son de dimensiones reducidas y su estructura no muy conocida; en el del Barranc del Fabra (Tarragona) las casas, circulares u ovales, están protegidas tras un muro de piedra.

     

    Una fase avanzada del Neolítico se asocia a la progresiva desaparición de la cerámica cardial en beneficio de formas lisas, tratándose ya de una manifestación fruto de la evolución regional. Coincide con el aumento de los yacimientos al aire libre -poblados con estructuras mal identificadas- y con cronologías de IV y III milenio a.C.

     

     

    La neolitización de la Península

     

    En el Bajo Aragón encontraremos a grupos epipaleolíticos ocupando abrigos como los de La Costalena o el abrigo del Pontet (ambos en Maella, Zaragoza) con dataciones de C14 de mediado el V milenio a.C., perviviendo la caza y la recolección pero contando entre su ajuar con vasijas de cerámica cardial.

     

    Con una cronología similar, la Cueva de Chaves (Huesca) muestra en sus niveles un predominio de restos de animales domésticos -ovicápridos, cerdo y bóvidos- frente a los procedentes de la caza -ciervo y corzo-, así como una ausencia de evidencias agrícolas.

     

    En Andalucía se ha llegado a calificar a su Neolítico como la "cultura de las cuevas" por la abundancia de estos enclaves frente a la escasez de poblados al aire libre.Se localizan principalmente en la mitad oriental: Almería, Granada, Málaga y Jaén, por lo que presenta ciertas similitudes con lo ocurrido en el área de Levante. El yacimiento más característico es la cueva de la Carigüela (Granada) donde a los niveles con abundante cerámica cardial siguen, en el Neolítico final, los que presentan las cerámicas decoradas con almagre; ésta tendrá una amplia perduración hasta los inicios de la metalurgia. En el sudeste habrá una fase final con poblados para los que se acuñó el término de cultura de Almería que, en cierto modo, cubrirá el tiempo hasta el Calcolítico.

     

     

    Hacia la meseta el Neolítico parece estar presente en situaciones marginales, de escasa entidad, sin indicios seguros de actividad agrícola, en todo caso con un predominio ganadero y complementado por la caza, siempre muy importante. Al no documentarse un substrato cultural epipaleolítico, se interpreta que pudiera tratarse de una auténtica colonización más que de una adaptación parcial; por las formas cerámicas tendría un origen andaluz.

     

    El mismo predominio ganadero se aprecia en el País Vasco, pero en este caso I. Barandiaran propone una transición al Neolítico mediante una aculturación a partir de las tradiciones regionales.

     

    En la cornisa cantábrica nos encontraremos las primeras cerámicas en contextos de concheros y en todo caso de cazadores-recolectores. La economía de producción, en principio ganadera, no aparecerá hasta fechas relativamente tardías, asociada ya con el megalitismo y aunque sea éste de modestas proporciones.

     

    Economía y comercio en el Neolítico.

     

    Conforme avanza y se generaliza el Neolítico, es decir, la agricultura y la ganadería, se produce un progresivo abandono del uso de cuevas y abrigos, generalizándose los emplazamientos al aire libre y los poblados de dimensiones crecientes, aunque las casas sean pequeñas y de construcción ligera.

     

    Un avance similar se observa en la presencia del cerdo y la vaca, que hacia finales de este período equilibra en algunos enclaves lo que antes había sido predominio absoluto de la oveja y la cabra. No debe olvidarse que la caza supuso, durante mucho tiempo, un aporte alimenticio considerable y constante que tardó en perder toda su importancia; en función del medio físico local las capturas más numerosas eran de ciervo y cabra salvaje, seguidas de las de jabalí, corzo, uro, caballo y conejo. El arte levantino nos muestra magníficas escenas de grupos de cazadores utilizando con eficacia el arco; en los yacimientos encontramos perfectas puntas de flecha, en gran cantidad, talladas con cierto preciosismo sobre láminas de sílex y con diversas formas en el pedúnculo de enmangue y las aletas. El sílex se utilizaba también para la fabricación de las piezas que, armadas sobre un mango de madera, formaban el filo de las hoces o cuchillos con los que recolectar los cereales. El buen sílex -en núcleos, láminas o manufacturado- parece que fuera bien apreciado y quizá objeto de comercio o intercambio. La variscita y otras piedras duras extraídas de la mina de Can Tintorer (Gava, Barcelona), en bruto o manufacturada, se distribuyó por toda el área catalana alcanzando el sudeste de Francia.

     

    Los objetos de piedras duras -fibrolitas, esquistos, serpentina,... - y pulidas adoptan una forma genérica de hachas pero sus dimensiones y diseño son muy diversos; se trata realmente de distintos instrumentos: picos, hachas, azadas, cinceles, etc., que se utilizaban enmangados convenientemente. Los molinos de mano, de vaivén, aumentan en número y distribución conforme lo hace la agricultura cerealista, aunque también pudieron moler frutos silvestres.

     

    Si en un principio la agricultura se basa en las distintas variedades de trigo y cebada posteriormente se incorporan los cultivos de haba y lentejas. El clima será condicionante y en Galicia cobrará mayor importancia el centeno. Seguirá practicándose la recolección de vegetales silvestres como las bellotas. El arte nos informa de otras recolecciones, como la de la miel.

     

     

    El arte rupestre levantino.

     

    Representa, tras el arte Paleolítico, el segundo gran episodio artístico en España. Aparece en todas las provincias mediterráneas y penetra al interior en las de Lérida, Huesca,Zaragoza, Teruel, Albacete y Jaén. Se distribuyen por las serranías litorales e interiores entre los 400 y los 1.000 metros, sin duda en un ambiente que hoy calificaríamos de duro climática y orográficamente, pero particularmente apto para las especies cinegéticas.

     

    Estas figuras pasaron desapercibidas hasta que llamaron la atención de J. Cabré, quien publicó las de Calapatá (Teruel) en 1903 y la primera síntesis monográfica en 1915. La ausencia de contextos arqueológicos inequívocamente asociados al arte y la imposibilidad de establecer dataciones directas hace que haya hipótesis contrapuestas sobre algunos aspectos del mismo.

     

    Se trata de un arte figurativo que representa escenas de personas y animales, que se pintan en abrigos abiertos, en valles o zonas con notables agrupaciones de enclaves como en el cañón del río Vero (Huesca), la sierra de Albarracín (Teruel) o el barranco de la Valltorta (Castellón).

     

     

     

    La técnica y los temas del arte levantino.

     

    No existen grabados pero, en alguna ocasión, un imperceptible trazo recorre el perfil de las figuras. Es un arte exclusivamente pictórico y monocromo, generalmente de tintas planas aplicadas con plumas o pinceles de forma uniforme, aunque a veces se aprecie que el perfil fue trazado previamente dejando una fina banda algo más oscura que el resto de la figura.

     

    Los colores predominantes son los rojizos de distintos tonos, pero siempre de minerales naturales: ocres y humedades. El color blanco sólo se utilizó en algunos abrigos de la sierra de Albarracín sin que su uso nos aporte alguna información complementaria. Apenas se han hecho análisis sobre los pigmentos, por lo que ignoramos su auténtica naturaleza y el uso o no de aglutinantes.

     

    Suelen representarse escenas mejor que figuras aisladas. Predominan las de caza protagonizadas por grupos de arqueros que persiguen y disparan sobre manadas o animales solitarios; siempre con una gran calidad narrativa, con elementales efectos de perspectiva muy ingenuos, en donde al naturalismo de los animales se enfrenta el esquematismo convencional pero específico de la figura humana. Son representaciones de gran dinamismo, ligereza y plasticidad.

     

    Las mujeres nunca cazan, aparecen en escenas de reunión o rituales como la que se identifica como danza fálica (Cogull, Lérida). Protagonizan las dos únicas escenas de recolección de miel y cereales respectivamente (La Araña, Valencia; El Pajarejo, Teruel).

     

     

     

    Hay también escenas de desfile de arqueros y de éstos agitando al aire sus armas junto a un asaeteado. Hay dos escenas que reproducen el combate entre dos grupos de arqueros (Les Dogues y Cueva del Roure, ambas en Castellón).

     

    Cronología y significado del arte levantino.

     

    Pese a ciertas circunstancias técnicas y geográficas comunes, se distinguen algunos estilos o conjuntos que pueden individualizarse del conjunto que se ha descrito someramente. En la provincia de Alicante (Pla de Petracos) se identifica un tipo de figuras llamadas macroesquemáticas entre las que destacan representaciones antropomorfas, a modo de orantes, de gran tamaño y con los brazos levantados mostrando las manos y los dedos. Se les ha puesto en relación con la decoración de algunas cerámicas, de la Cova de l'Or en concreto asignándoles en consecuencia una cronología similar dentro del Neolítico cardial. Otras decoraciones de cerámicas pueden relacionarse con el arte levantino esquemático, para el que suele admitirse una cronología posterior, próxima al tránsito a la metalurgia. 

     

    Respecto al arte levantino por antonomasia, el naturalista, el de los arqueros cazadores, se le vincula en su origen con el mundo epipaleolítico aunque se reconoce su perduración y vigencia a lo largo de todo el Neolítico. Pese a lo anterior, sigue habiendo dudas sobre la continuidad relativa que puede establecerse con el arte paleolítico. El peculiar estilo naturalista de Albarracín, y algún otro, junto a la contigüidad en el río Vero (Huesca) de arte paleolítico (Fuente del Trucho) con el levantino permite dejar sin zanjar por completo la posible existencia de un nexo cultural, de una remota tradición, entre ambos.

     

    Al igual que como ocurría con el arte paleolítico, también ha habido intentos para explicar la finalidad o significado de este arte. El mayoritario tema de la caza ha llevado a relacionarlo con los ritos vinculados con esa actividad. Considerando su carácter narrativo y la presencia de otros temas tan señalados como los combates o las danzas, algunos autores consideran que estaríamos ante una pintura votiva o conmemorativa, pero siempre dentro del ámbito de la religión, pues sólo así se entiende su inaccesibilidad y la reiteración de pintar en un mismo covacho, incluso a lo largo de dilatados períodos de tiempo, y la concentración de covachos en zonas o parajes relativamente limitados como el río Vero (Huesca), Albarracín (Teruel) o la Valltorta (Castellón).

     

    El hecho de que no suela haber otros indicios de presencia humana en los abrigos, o que cuando las hay sean de cronologías dispares entre sí no contribuye a aclarar su datación.

     

     

     

    El Megalitismo.

     

    La aparición de necrópolis como lugar destinado a los muertos, utilizado con reiteración y bien diferenciado del de los vivos, es una creación neolítica. Los megalitos son monumentos funerarios construidos con grandes piedras, o con piedras pequeñas (mampostería sentada en seco) que forman construcciones de gran tamaño que, en cualquier caso, se cubren mediante una voluminosa acumulación de tierra y piedras formando un túmulo. Nos estamos refiriendo, por tanto, a un elevado número de tipos de construcciones, que pueden diferenciarse por su forma, tamaño y técnica constructiva.

     

    Su principal característica común es la de estar destinados a recibir enterramientos colectivos, entendido esto como enterramientos sucesivos, no simultáneos, practicados por una misma población. Responden o representan una cierta comunidad cultural, social o religiosa que afecta tanto a la Europa atlántica como a la mediterránea. Se trata de una manifestación similar, común a distintos grupos regionales, y no a algún grupo específico colonizador o itinerante.

     

    En un principio fueron asociados a los inicios de la metalurgia y se les atribuyó un origen oriental, en el ámbito del Egeo. Cuando C. Renfrew consideró las dataciones de C14 de estos monumentos, se vio que las del área atlántica europea eran un milenio anteriores a las de los monumentos orientales, y que aquéllas se remontaban al IV milenio a.C. En la actualidad se ha abandonado por completo la idea de un único foco originario y se considera que el megalitismo pudo surgir en varias áreas casi simultáneamente, e ir acompañado de fenómenos de difusión limitada.

     

     

    El Megalitismo en España.

     

    En la península Ibérica se distinguen tres áreas diferentes. La más antigua corresponde al sur de Portugal, donde los dólmenes aparecen ya en el IV milenio a.C., con un apogeo para las grandes construcciones de cámara y corredor durante el III milenio. El área portuguesa abarcaría, por extensión, prácticamente todo el tercio o mitad occidental de la Península.

     

    En Cataluña, el megalitismo, con unos característicos sepulcros de galería, podría relacionarse con los sepulcros en fosa o cista del neolítico antiguo, que servirían de precedente formal, y contribuir a la formación o comprensión del megalitismo al norte del río Ebro, siempre de proporciones mucho más modestas que el portugués.

     

    El tercer foco, bien diferenciable de los anteriores, se ubica en el sureste y parece, en cierto modo, una continuidad desde el neolítico de la Cultura de Almería hasta el calcolítico y los inicios de la metalurgia. El poblado y la necrópolis de los Millares es el mejor conjunto; presenta unos grandes sepulcros de corredor y cámara, construidos con mampostería seca cuya cubierta se hace de falsa bóveda obtenida por aproximación de hiladas. Se rechaza actualmente que en su origen esté la presencia de poblaciones colonialistas de procedencia mediterránea oriental; los tholoi de Los Millares son anteriores a los del Egeo. No resulta imprescindible buscar un estímulo externo para su aparición, menos aún si tenemos presentes los sepulcros construidos con grandes piedras y de cronología anterior existentes en su proximidad.

     

    Frente a este megalitismo urbano, la mayoría de los cientos de megalitos del País Vasco son relacionados con áreas de media y alta montaña y con economías de pastores y ganaderos.

     

     

     

    Megalitos, ¿Sólo para enterrar?

     

    El megalitismo está presente durante más de dos mil años. Durante ese tiempo los monumentos se utilizan en varias ocasiones a veces muy separadas en el tiempo. Son un fenómeno de las colectividades humanas pues sólo el esfuerzo común puede levantar construcciones semejantes. En principio debemos pensar que pertenecen a sociedades igualitarias pero bien organizadas, aunque en los momentos finales, las últimas inhumaciones, muestran ajuares de muy distinta riqueza, y también parece haber una jerarquización social o económica en la disposición y ajuares de los sepulcros de Los Millares.

     

    Resulta evidente ahora que tales monumentos, de tal magnitud, tuvieron otra función, otro valor que el estrictamente funerario. Es obligado señalar la ostentación que hay tras ese esfuerzo colectivo, así como la necesidad de planificarlo, coordinarlo y dirigirlo. Por otra parte, además de un edificio funerario se obtiene un hito que modifica el paisaje con indudable voluntad de perpetuidad. Es lo mismo que sucede con nuestros más importantes edificios religiosos o civiles respecto al medio urbano en que se levantan. Ese hito es una marca que actúa cohesionando a sus constructores, a sus propietarios, y que actúa sobre un territorio, transmitiendo un mensaje quizá de identidad o de propiedad respecto a otros colectivos sociales.

     

     

    El Calcolítico. El tiempo del primer metal.

     

    El término une las voces griegas calcos y litos para denominar esta nueva época que también podríamos señalar como la de la última piedra. Durante la segunda mitad del III milenio a.C. se difunde el conocimiento y uso del cobre. Su ductilidad, maleabilidad y posibilidad de fusión a las bajas temperaturas de un fuego normal hacen que su descubrimiento fuera posible en distintos lugares. Su aparición parece coincidir con otros progresos tecnológicos agrícolas, como la introducción del regadío y el arado de tracción animal, y todo esto va acompañado de un apreciable incremento demográfico (nuevos poblados, nuevas áreas ocupadas).

     

    En Oriente Próximo y Anatolia (Çatal Huyuk) el cobre aparece en niveles del VI milenio a.C. y de forma simultánea a la plata y el oro, cuyas técnicas metalúrgicas son también sencillas. Esto ocurre en contextos de notable desarrollo urbano con todas las implicaciones culturales que la ciudad representa.

     

     

    El Calcolítico en la Península Ibérica.

     

    En España su mayor antigüedad corresponde a Los Millares, a principios del III milenio a.C. Es en el sudeste -Almería y Murcia- donde surge la primera red de enclaves urbanos, de poblados no muy extensos pero con casas sólidamente construidas, con zócalos de piedra y con murallas perimetrales. Todo ello configura el primer paisaje amplio netamente humanizado, modificado artificialmente para y por la agricultura.

     

    Los Millares es el mejor ejemplo conocido. Sus más de cuatro hectáreas podían albergar un millar de personas, pero en la mayoría de los casos se repetirán los enclaves estratégicos, reforzados por defensas artificiales muy sólidas y con su propia necrópolis tumular cuyos ajuares reflejan, cada vez más, la existencia de jerarquías.

     

    Con la misma importancia y características encontraremos un foco calcolítico portugués cuyos más espectaculares y significativos poblados son los de Zambujal y Vila Nova de San Pedro.

     

    En ambos casos se trata de evolución de las poblaciones cuya separación social, política y quizá económica, les hace garantizar la propiedad y defensa de sus recursos mediante la fortificación de sus poblados, fortificación que alcanza cotas imponentes en los casos citados. No obstante, para algunos autores sería difícil explicar algunos aspectos culturales y tecnológicos sin recurrir a los estímulos venidos del exterior en distintas maneras. La evolución de la agricultura, con una explotación intensa del entorno inmediato de los poblados basada en la irrigación, podría ser suficiente para explicar su fortificación sin tener que recurrir a la presencia de enclaves de población extranjera ni a la creciente importancia de la minería y comercio de los metales. El Calcolítico, entendiendo como tal lo que acabamos de exponer, y no la presencia ocasional de objetos de cobre, parece una realidad limitada al sur peninsular.

     

    A partir del segundo milenio las culturas que encontraremos en España podrán simbolizarse en la metalurgia y las jerarquías.